| El Hombre Creativo - Por Jorge Ballario |
|
|
|
|
Creencias e ideas Según el diccionario, “creer” es dar por cierto una cosa que no está comprobada o demostrada, es la firme conformidad con algo. En cambio “certeza” es un conocimiento seguro y claro acerca de alguna cosa. Creemos en Dios, en un equipo de fútbol, en formar parte de un determinado país, comunidad, familia, etc. En definitiva somos –entre otras cosas– lo que creemos. Nuestra identidad está compuesta por la totalidad de nuestras creencias; al cambiar alguna, se modifica una parte de nuestra identidad, de ahí la resistencia a dejar de creer, aunque nos pongan las pruebas sobre la mesa. La pérdida de alguna convicción –o la amenaza– se vive como pérdida de la identidad, de una parte de uno mismo, por eso se desencadena la angustia. Es como si en el plano físico viésemos peligrar un brazo o una pierna. A nivel de las convicciones, el cambio representa peligro y activa un primitivo mecanismo defensivo “paranoide-depresivo”; esto significa que la situación de cambio genera al mismo tiempo un doble temor: un temor al ataque por lo nuevo aún desconocido y un temor a la pérdida de lo ya conocido, que cede su lugar a lo nuevo. Pero las creencias no sólo están relacionadas con las concepciones políticas, religiosas o sociales, sino también con múltiples situaciones cotidianas como creer sí uno es querido o no, lindo o feo, capaz o incapaz, si va a ser despedido del trabajo o no, etc. Complejizando un poco más, podemos dividir este aspecto en dos grandes categorías: por un lado, todas las creencias que uno posee con respecto a uno mismo, los otros, los objetos, las situaciones; y por el otro, todo lo que “uno cree”, acerca de lo que los “otros creen” con referencia a uno, otros, objetos y situaciones. Cuando alguien dice “Yo creo en...”, deberíamos observar qué aspectos individuales –con sus necesidades, angustias y deseos– se encuadran detrás del “Yo creo” y de lo que ese Yo, cree. Las ideas tienen una vida más superficial en la actividad mental, se conocen, se aceptan o rechazan sin tanto compromiso afectivo; en cambio las creencias –que originariamente pudieron ser simples ideas– están enraizadas con profundidad en el psiquismo, se hallan cargadas de afectividad y se defienden apasionadamente. Es muy frecuente que cuando alguien pasa de una actividad a otra que compromete su sistema de creencias, siempre se las arregle o ingenie para compatibilizar su acción con su pensamiento. La gente cree en las cosas que en el fondo le gustan o necesita; selecciona “inconscientemente” entre las distintas alternativas para creer acerca de algún tema e incorpora la nueva opción a su bagaje de convicciones. Por ejemplo: alguien que perdió a un ser querido e inconscientemente se resiste al duelo puede comenzar a simpatizar con hipótesis sobre vida después de la muerte o bien inclinarse a ideas religiosas. Creer en la reencarnación a algunas personas les sirve para aliviar la angustia frente a la muerte; en el caso de la angustia de culpa, creer en el destino o la suerte –como determinantes absolutos– puede ser útil para apaciguarla, ya que con estas creencias se diluye en parte la responsabilidad individual. Resumiendo, se eligen (consciente o inconscientemente) las convicciones más compatibles y viables con la personalidad e idiosincrasia; se opta entre las opciones que la vida o la experiencia personal ofrece. Una de las funciones de las creencias, como así también de los prejuicios, racionalizaciones, etc. es ocupar el lugar que requeriría la certeza, para evitar con menor esfuerzo y en forma rudimentaria la angustia que genera la incertidumbre. En algunos casos, el sistema de convicciones se convierte en una verdadera muralla defensiva frente a la angustia. Éste es un método precario y tiene un alto costo, ya que esclaviza a la víctima a sus convicciones y la sumerge en una tremenda rigidez mental. Quedarse estancado con la idiosincrasia que uno posee, evitando férreamente lo nuevo por angustia es empobrecerse, y lo que es peor, condenarse a la mayor de las angustias que es la del fracaso, la mediocridad, o el no lograr proyectos o metas anheladas. Sería como exponerse a una enfermedad para evitar el dolor del pinchazo de una vacuna. Los conocimientos nuevos con los viejos generan una síntesis, una integración, amplían las perspectivas. El hecho de destrabarse, de pensar de manera dinámica permite mejorar la creatividad; a mayor potencial creativo, mejor percepción de la realidad, más aptitud y talento para imaginar, concretar y resolver hechos nuevos, y además, mayor suficiencia para elaborar nuevos vínculos. En síntesis, mayores posibilidades de éxito en lo que se emprenda. Por último, el familiarizarse con nuevos conocimientos y el palpar las ventajas de un inédito y original funcionamiento mental puede producir una potenciación del Deseo de saber, “fundamental para saber”. De algún modo, el hombre expresa toda su actividad mental. El campo de la creatividad no escapa a esta regla. Es complejo no poder expresar el producto de la creatividad, es como desobedecer un mandato superyoico. De ocurrir, probablemente esta ebullición psíquica se vea obligada a transitar otra vía, sea ésta mental, orgánica o de la conducta, hasta tanto logre su destino final: la expresión. Tal vez estas sociedades sean esclavas de modos y fuerzas aún no del todo conocidas que presionan, o en todo caso priorizan un inexorable proceso expresivo sintomático.
La conducta se puede volver peligrosa y autodestructiva, en la medida que no ejerzamos la capacidad de verbalizar o toma de conciencia, de lo que ocurre en nuestras mentes. Las formas para desarrollar esa aptitud son variadas; están relacionadas con el psicoanálisis individual y otros tipos de terapias, los talleres grupales de reflexión, y todos los métodos que estimulen o aumenten la asociación y la creatividad. La primera para poder captar con más fluidez los sucesos mentales, y la creatividad para resolver problemas o generar otros modos y vías de expresión. Lo fácil y lo difícil Lo fácil es todo aquello que se puede realizar sin gran esfuerzo y lo difícil no se logra sin mucho trabajo. Ahora bien, en general la gente tiende a realizar las cosas fáciles, no tanto las difíciles. Entonces, ¿qué ocurre cuando la mayoría se vuelca sobre ciertas actividades o elecciones de cualquier índole, con el mero requisito de que su realización o su comprensión sea tarea sencilla? Cuando esto ocurre, surgen categorías de actividades abundantes, motivo por el cual son menos valoradas socialmente que otras categorías que por ser más escasas, difíciles y además necesarias tienden a ser más jerarquizadas. Aquí vemos funcionar a nivel social, la ley de la oferta y la demanda que asigna valor a lo escaso y necesario, restándoselo a lo abundante y no tan indispensable; vemos también la relación que hay entre lo “difícil” y lo que justamente por ser complicado es “escaso”; de la misma manera, se hace clara la relación entre lo “fácil” y lo “abundante”.
Autor: Jorge Ballario
Extraído de: http://www.jorgeballario.com.ar/Libros.php?Codigo=57
|









