Según el Diccionario de la Real Academia Española, tragedia es una “obra dramática cuya acción presenta conflictos de apariencia fatal que mueven a compasión y espanto, con el fin de purificar estas pasiones en el espectador y llevarle a considerar el enigma del destino humano, y en la cual la pugna entre libertad y necesidad termina generalmente en un desenlace funesto”.

Conforme a esta definición, no caben dudas acerca de que la tragedia acompañó al hombre de todos los tiempos, dado que “la pugna entre libertad y necesidad” es una condición muy vinculada a la esencia humana.

Antes de proseguir, voy a realizar una aclaración sobre dos conceptos similares, pero que creo conveniente distinguir. Se trata de la tragedia y la fatalidad. La tragedia se produce cuando el ser humano la genera inconscientemente; en cambio, la fatalidad se origina con independencia de lo que alguien pueda provocar mediante su conducta con consciencia o sin ella. Aunque, en su uso habitual, estas palabras se pueden intercambiar como sinónimos, aquí las emplearé de forma restrictiva para los conceptos descriptos. Así, aunque —en un uso menos preciso del término— podría decirse, por ejemplo, que viajar en un avión que se cae es un hecho trágico, afirmaremos, según nuestras definiciones, que se trata de una muestra de fatalidad, siempre que se origine en una causa muy difícil de prever —una fortuita contingencia climática, un atentado terrorista…—. En el contexto de los lineamientos de este ensayo, una tragedia estaría signada por sucesos fatales, sí, pero que se desencadenan mediante la intervención de conductas humanas básicamente inconscientes, como sería si, en el caso del avión, el accidente hubiera sido ocasionado por un grave acto fallido del piloto. En este caso, la tragedia habría involucrado no solo al sujeto principal, quien la originó, sino también a todos los pasajeros y a la tripulación. Hacer algo, que, sin que seamos conscientes de ello, acarreará la muerte a alguien —a nosotros mismos, o a otra persona—, o le producirá un grave mal: eso es una tragedia.

La muerte puede ser fatal o puede ser trágica; por lo general, si se trata de una muerte joven es trágica. Si la muerte ocurre a edad avanzada y de una manera más o menos esperable o natural, estamos en presencia de la simple fatalidad de la muerte. Por supuesto, también de viejo se puede tener una muerte trágica, dado que la tragedia no está tan relacionada con la edad o con otras medidas objetivas, sino más bien con el repertorio inconsciente que la desencadena. Y esto puede ocurrir de joven o de viejo, más allá de que, en el añoso, la muerte sea más previsible.

¿Es posible erradicar la tragedia de la vida humana? Para responder a esta pregunta hay que analizar las causas que llevan a la tragedia, que, son múltiples: desde asuntos inconscientes, con base edípica o traumática, en donde el sujeto, sin saberlo, es el artífice de su propia tragedia —y puede también arrastrar a otros—, hasta la simple fatalidad que arruina la vida de cualquiera en un santiamén. Paralelamente, existen facilitadores socio-culturales que predisponen a vidas trágicas. Un ejemplo extremo lo constituyen algunos niños de países pobres de Medio Oriente, que son reclutados y adoctrinados por extremistas islámicos, para que, entre otros fines, sean capaces de autoinmolarse por su causa en atentados terroristas.

Sin llegar a ese punto, otro caso, más común, se da con las necesidades básicas insatisfechas que sufren numerosos hogares en los países subdesarrollados. Esa injusta carencia, que suele ser crónica en muchas familias, puede impulsar a la delincuencia a algunos de sus miembros, con todo el potencial dramático que ese hecho conlleva.

No obstante, casi siempre la tragedia se puede reconducir a un “guión” inconsciente que impulsa al individuo. Por ende, el psicoanálisis tiene mucho que decir.

Retomando la pregunta inicial, puedo agregar que es virtualmente imposible erradicar la tragedia humana, debido a la cantidad de variables que intervienen y a la singularidad de muchas de ellas. Las variables subjetivas se vinculan con las problemáticas psico-afectivas y emocionales que surgen en la vida de cada ser humano, desde su nacimiento.

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La única forma de prevención de la tragedia que se me ocurre, válida para toda la especie humana, es la que decidí englobar —parafraseando a Sigmund Freud— bajo el rótulo del “principio de dolor”. En el marco de este título desarrollaré mis ideas al respecto. Entre otras funciones, la capacidad de experimentar dolor mejora la perfomance evolutiva de una especie, debido a que sus integrantes evitarán las situaciones capaces de generarles daño. Si bien, básicamente, el dolor está al servicio de la especie, no podemos desconocer que hasta un punto el beneficio es mutuo: para la especie, y para sus miembros. Sin embargo, me parece fundamental que planteemos el siguiente interrogante: ¿es necesario que el umbral del dolor sea tan alto? En comparación, el umbral del placer parece minúsculo, tan minúsculo que podemos decir que el ser humano se mantiene vivo debido al dolor, y no debido al placer.

Esto es así dado que el dolor puede ser muy intenso, y, para evitar sufrirlo, el sujeto soporta dolores menos intensos. Un ejemplo capital y que tuvo mucha influencia en el pasado lo constituye el temor al infierno. Esta amenaza de la religión, que fue tan efectiva durante milenios, ya no lo es. Mucha gente hacía buena letra en su vida para evitar el fuego eterno. El desbalance entre el dolor y el placer es tan elevado que la amenaza de intensidades altas de dolor sirve para que toleremos las intensidades menores. Resulta curioso que casi toda la batalla vital se da en el terreno del dolor, y no tanto en el del placer. Por ende, me parece legítimo definir lo que acabamos de ver como principio del dolor, ya que en parte rige la actividad mental ligada a la cultura. Honestamente, no sé si se puede considerar esto como un nuevo aporte, o si solo es otra perspectiva de lo que Freud había descripto como principio del placer.

Antes de continuar con nuestras especulaciones, vamos a tratar de responder el siguiente interrogante: ¿es posible reducir el dolor de forma permanente para los humanos? Existen personas que sufren de insensibilidad congénita al dolor. Es una rara enfermedad que anestesia definitivamente al afectado —desde su nacimiento— debido a que tiene comprometidos los receptores del dolor. Estos se denominan nociceptores, y son pequeñas fibras nerviosas que se hallan distribuidas por debajo de toda nuestra piel y vísceras.

Gracias a los estudios que se efectuaron en los individuos aquejados por este mal, se pudieron esclarecer algunas de las rutas implicadas en la neuroquímica del dolor. También ha habido otras investigaciones —como la de la Universidad Ludwig Maximilians de Munich, en Alemania— en las que, mediante otros procedimientos, se ha podido reducir y hasta bloquear la acción de las neuronas sensibles al dolor. Incluso se ha podido regular su intensidad. Se conjetura que en algunos años los seres humanos que así lo deseen podrán disipar en forma selectiva el sufrimiento que les ocasione algún área de su cuerpo.

Ahora, veamos qué pasaría si algún día se lograse disminuir el umbral del dolor para nuestra especie. Probablemente, si el humano sintiese menos dolor, la tragedia se relativizaría, debido a que está estrechamente vinculada al sufrimiento. En todo caso, las tragedias devendrían “tragedias light”. Si bien suena incongruente una tragedia light, no deja de ser un evento positivo. Otro hecho auspicioso sería la reducción del poder —de todo tipo de poder—, debido a que, si bien el poder crece por diversos motivos, uno de los más importantes es su alianza con el miedo, el miedo a algún tipo de dolor físico o psíquico.

Paralelamente, disminuirían las cuestiones positivas como el destacarse, o la necesidad de prestigio, dado que muchos de estos asuntos están basados en la sublimación de las cosas negativas reprimidas. También el propio mecanismo de la represión se vería aliviado, debido a la amenaza de dolor reducida. Es decir, surgiría un tipo humano bastante diferente. Incluso el impulso creador —y, por ende, el desarrollo— se frenaría, aunque el nivel alcanzado hasta ahora no se perdería. Es muy probable que un capitalismo férreo como el presente perdería una parte considerable de su impulso humano; por lo tanto, se frenaría, pero me parece que hay que contabilizarlo entre los puntos útiles: no hay que olvidar que el ritmo avasallante del capitalismo actual está comprometiendo en forma ostensible la calidad de vida de las próximas generaciones, dado el daño sistemático que acarrea en el medio ambiente.

Otra derivación indeseable de la reducción del umbral del dolor sería el incremento de accidentes, porque, con menor dolor, la gente se arriesgaría más. Entonces, la disminución de la tragedia —que, como vimos, puede provenir de la disminución del dolor— de pronto se equipararía, por la mayor tasa de accidentes. Sin embargo, podría ocurrir, compensatoriamente, que el hombre, ahora menos sufriente, ya no tuviera tantos ímpetus, o tanto afán de actividad, y que, por ende, se accidentara menos. Digamos que la tasa de accidentados en relación con la actividad aumentaría, pero, al haber menos actividad, la tasa absoluta no sufriría un gran cambio. En otras palabras, la gente, por la falta de dolor, se cuidaría menos, pero también se expondría menos, por ser más pasiva. Un escenario muy positivo podría ser la casi erradicación del estrés: el hombre, con su potencial sufriente disminuido, ya no se haría tanto problema por cosas que no le pueden generar dolor. Como efecto de la reducción del estrés, la salud básica del hombre, al menos por esa vía, aumentaría. De todos modos, tenemos mucho que explorar todavía para saber cómo quedaría, en definitiva, el balance general. Hay que tener en cuenta, además, que dos importantes fuentes de estrés, la angustia y la ansiedad, también están vinculadas al dolor: el dolor psíquico es casi siempre un derivado del dolor físico real o fantaseado. Con el tiempo, la simple amenaza de un castigo, que podíamos recibir cuando niños, pudo devenir en angustia. Es decir: cuando sentimos, ya adultos —con consciencia o sin ella—, que transgredimos alguna prohibición interna, surge la angustia. Pero, en el escenario que estamos planteando, de mayor insensibilidad, la prohibición infantil, que debería haber instalado en nuestras mentes la señal de peligro frente a la transgresión, se aligeraría por falta de efectividad de la amenaza original. En tal caso, la angustia y el estrés que le corresponderían a ese conflicto psíquico no surgen, o disminuyen considerablemente. Sin embargo, en este punto conviene hacer una aclaración: para evaluar los cambios frente a la disminución del dolor, habrá que contemplar la diferencia entre los sujetos ya estructurados y los sujetos en formación (niños o bebés). No será lo mismo para los sujetos que crecieron y desarrollaron sus personalidades en la época del pleno dolor. En ellos, sus estructuras mentales, vinculadas a la inhibición y a la autorepresión, seguramente seguirán funcionando sin mayores alteraciones; en cambio, en los más jóvenes las modificaciones se acentuarían.

Existiría también una consecuencia vinculada al desbalance entre el dolor y el placer: al disminuir el primero y quedar igual el segundo se favorecerían las conductas displicentes. Las amenazas no serían tan efectivas. Pero el mandamiento actual neoliberal y consumista que impulsa a gozar tampoco. Es decir que habría una especie de rebeldía para con las exigencias de todo tipo, dado que el miedo —en cualquiera de sus variantes—, que siempre fue muy efectivo, perdería bastante eficacia.

Por último, en los regímenes autoritarios con democracias muy limitadas o que directamente no las posean, se daría una virtual abolición de la tortura: no tendría mucho sentido torturar a alguien que casi no siente dolor. Sin embargo, el afectado podría angustiarse por su integridad física. Podría bancarse muy bien el dolor, pero estar sumamente preocupado porque los daños podrían acarrearle la pérdida de funciones o de partes del cuerpo. Incluso pueden amenazarlo con la muerte: sabemos que, en determinadas circunstancias, la perversidad del déspota y de sus secuaces puede orillar lo inimaginable. Por eso no me atrevería a efectuar una conclusión definitiva en este punto.

Los vericuetos que existirían en el potencial escenario surgido a raíz de la drástica reducción del dolor en la especie humana son difíciles de explorar a priori. Sin embargo, podríamos ampliar la lista de las consecuencias que vimos antes. ¿Es posible que ocurra la paradoja de que una vida humana más indolora se torne algo insípida y poco deseable? ¿El cambio favorecería la paz social, o apuntaría al caos? Esto, se debería a que, en un mundo en donde se mantiene la misma intensidad en el placer, pero disminuye la del dolor, el potencial castigo ya no es preocupante, y mucha gente buscaría la satisfacción sin demasiados escrúpulos. Me parece que la solución a estos enigmas pasa por la calidad de la cultura que contenga al nuevo hombre. Es muy probable que la cultura encuentre los mecanismos para aprovechar las ventajas, y disimular o compensar las pérdidas. Algunas instituciones se mantendrán, y tal vez habrá que inventar otras. En cuanto a la clásica pena de prisión para el delincuente, pienso que continuaría siendo efectiva para frenar el delito, dado que la reclusión aleja al reo de sus fuentes de placer habituales, y —aunque los dolores físicos o psíquicos estén atenuados— verse privado de su libertad seguramente no le causaría mucha gracia.

Tampoco tiene mayor sentido un umbral de sufrimiento tan elevado para preservar la especie humana. Esta puede resguardarse con su propia cultura, fabricando las pautas para que los individuos se cuiden y se preserven.

Habría que investigar los alcances que podría tener en el hombre una modificación genética que equiparara las intensidades del placer con las del dolor, en donde el “debe” y el “haber” metafóricos fueran equiparables, como ocurre en un buen balance contable. Indudablemente la vida humana que surgiría a partir de la reducción del umbral del dolor sería una vida menos descollante en cuanto a las cuestiones heroicas y a las grandezas humanas. Sin embargo, podría ser mucho más estable y compatible con los requerimientos medioambientales de nuestra era, y, por supuesto, sería una vida más tranquila y menos trágica que la actual.

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