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Imagine que tiene cuatro años de edad y que alguien le hace la siguiente propuesta: “ahora debo marcharme y regresaré en veinte minutos. Si lo deseas puedes tomarte una golosina pero, si esperas a que vuelva te daré dos”. Para un niño de 4 años de edad éste es un verdadero desafío, un microcosmos de la eterna lucha entre el impulso y su represión, entre el id y el ego, entre el deseo y el autocontrol, entre la gratificación y su demora. Y sea cual fuere la decisión que tome el niño, constituye un test que no sólo refleja su carácter sino que también permite determinar la trayectoria probable que seguirá a lo largo de su vida.
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