1. Sobre el autor

Psiquiatra y reputado psicofarmacólogo, David Healy es profesor en la Universidad de Gales (Gran Bretaña). El 30 de noviembre del año 2000 pronunció esta conferencia en el Centro de Adiccion y Salud Mental (CAHM) de la Universidad de Toronto, donde reafirmó sus críticas a la industria farmacéutica en la proliferación de los antidepresores (Prozac y otros). El impacto de la conferencia dio paso a una controversia internacional sobre la libertad de expresión y de investigación en un mundo universitario cada vez mas dependiente de los subisidios de la industria privada. Un resumen de esta controversia puede ser consultada en el sitio web Pharmapolitics∞. Agradecemos al Dr. Healey su autorizacion para editar esta conferencia, por primera vez en español, para los lectores de La Insignia∞.
2. Psicofarmacología y dominación del ego
 
En la primera fotografía pueden observar a Jean Delay, vestido con una chaqueta azul; a su izquierda se encuentra Pierre Deniker, y a su derecha, Pierre Pichot, Bernard Sadoun, Jean Thuillier y Thérese Lemperière.
Tras los muros del hospital que está a su espalda, el hielo se ha derretido literalmente. En aplicación de las ideas de Henri Laborit, han estado utilizando cloropromazina, como parte de una terapia con hielo destinada a que el cuerpo se enfríe; la tesis consiste en reducir la temperatura con la esperanza de obtener un efecto antiestrés que pueda ser útil en el tratamiento de los problemas nerviosos.

El personal de enfermería ha observado que la cloropromazina es igualmente beneficiosa cuando no se aplica hielo. Delay y su equipo han tropezado con el crucial descubrimiento del efecto antipsicótico del medicamento, que apuntala la moderna psiquiatría.

Sin embargo, la espontaneidad de la fotografía es engañosa. Al mirarla, casi se tiene la impresión de estar ante un padre que acaba de tener un hijo y que desea contárselo a todo el mundo. Pero la imagen dista de ser espontánea. Es evidente que existe una distribución rígidamente jerárquica. Cualquiera puede distinguir a Delay por su chaqueta de color azul marino, qué él y sólo él lleva en la Universidad y en el hospital. Cuando más tarde sea elegido miembro de la Academia Francesa, llevará la espada ceremonial que se recibe al ingresar en la institución siempre que sea posible. Además, está hablando con Pichot en lugar de hacerlo con Deniker (el descubridor de la cloropromazina) porque Pichot es la segunda persona más importante del departamento, por edad y por cargo.

Estamos ante un mundo basado en la jerarquía. Si el departamento de una Universidad de cualquier parte del mundo enviara a un delegado para visitar a Delay, carecería de importancia que tuviera un cargo considerablemente menos importante que los de Pichot y Deniker: los dos recibirían la orden de permanecer junto a Delay mientras éste hablara con dicho delegado. Es posible que transcurriera una hora antes de que se pidiera su opinión, y cabe añadir que si el delegado pertenecería a una minoría étnica, fuera una mujer o un directivo de una empresa farmacéutica, tendría pocas posibilidades de que Delay lo recibiera. No es casual que mujeres como Helene Deschamps y más tarde Ruth Koeppe fueran expulsadas de la investigación de la cloropromazina.


No obstante, en el transfondo de la historia estan sucediendo dos cosas que lo cambiarán todo y que ni Delay ni su grupo conocen en aquel momento; ambas, en la psiquiatría de Estados Unidos.

Durante la II Guerra Mundial, un grupo de psiquiatras que trabajaban con los militares descubrió que las terapias de grupo podían tener un fuerte impacto en los desórdenes nerviosos producidos por la guerra en los soldados. Además, las terapias parecían tener mejores efectos cuando implicaban la disolución de las jerarquías de la vida social y de la propia vida castrense de la Europa anterior a la guerra. Era algo especialmente llamativo en el caso de Gran Bretaña; cuanto más informal fuera la terapia, mejores resultaban sus efectos.

Los psiquiatras militares estadounidenses que participaron en las experiencias del grupo de terapia, y en particular Karl Menninger, llevaron el mensaje a su país. Quedaba por averiguar si el éxito de los tratamientos se debía a los grupos de trabajo o a la propia terapia. Menninger optó por apostar por la terapia psicodinámica; esa decisión llevó a los psiquiatras de EEUU que regresaban de la guerra y a los que trabajan en psiquiátricos durante el conflicto bélico a abandonar los asilos y abrir consultas. Los asilos quedaron para los europeos.

El poder y la influencia de la psiquiatría estadounidense se plasmaría exclusivamente en la propia comunidad. Al hacerlo, los psiquiatras de EEUU iban a capturar para la psiquiatría la amplia gama de problemas nerviosos y psicosomáticos que con anterioridad pertenecían al campo de los neurólogos y de los internos interesados en la medicina psicosomática.

El segundo hecho que se producía en aquel momento procedía de una guerra diferente que empezó en 1914: la guerra contra las drogas. En EEUU comenzó con la ley «Harrison's Narcotics», que establecía que los opiáceos y la cocaína sólo estarían disponibles para prescripciones médicas. En 1951, la enmienda «Humphrey-Durham» a la ley «Food Drugs and Cosmetics» de 1938 obligó a que todas las nuevas drogas producidas durante la revolución farmacéutica que siguio a la II Guerra Mundial quedaran igualmente limitadas a prescripción médica; la decisión afectó a nuevos antibióticos, medicamentos contra la hipertensión, antipsicóticos, antidepresivos, ansiolíticos y otras drogas.

No todo el mundo apoyaba aquella legislación. Muchas personas consideraron que un sistema diseñado para adictos era inapropiado para los ciudadanos de un país libre. Las nuevas leyes generaron una situación peligrosa que sólo tardó 16 años en estallar.


 
En la siguiente imagen pueden ver la universidad de Tokio en llamas. Tokio se encuentra en la cúspide de la jerarquía japonesa. Los alumnos ocuparon el departamento de psiquiatría y la ocupación dura ya diez años. La investigación psiquiátrica en Tokio se detuvo y el psiquiatra más poderoso de Japón, el profesor de psiquiatría Hiroshi Utena, se vio obligado a jubilarse.

¿A qué se debía tan extraordinaria evolución? El descubrimiento de la cloropromazina liberó a los enfermos mentales de las camisas de fuerza. Los defensores del medicamento se vanagloriaban de que había devuelto la humanidad a los manicomios. Hasta entonces, los enfermos estaban vigilados por carceleros que los trataban con brutalidad; desde entonces, los terapeutas podían ver la humanidad de sus pacientes y hablar con ellos. El nivel de ruido en los manicomios había descendido.

Sin embargo, con la llegada de la antipsiquiatría se alegó que las camisas de fuerza tradicionales habían sido simplemente reemplazadas por camisas de fuerza químicas, por la «camisola» química. Sin duda se había conseguido el silencio tras los muros de los psiquiátricos, pero era el silencio de los cementerios.

¿Qué estaba sucediendo? Se había iniciado una revolución que descansaba en gran parte en las nuevas drogas y en la interacción entre dichas drogas y el orden social del contexto en el que vivían los enfermos. Las drogas habían desempeñado, o habían amenazado con desempeñar, un gran papel en el cambio del orden social. El descubrimiento de la cloropromazina por Delay y Deniker era el descubrimiento de una sustancia que actuaba sobre la enfermedad para devolver a las personas a su ámbito social. En cambio, el descubrimiento de Henri Laborit -el año anterior- conducía a la hibernación artificial; era el descubrimiento de una droga que producía indiferencia, algo así como taxistas drogados saltándose todos los semáforos en rojo.

Además, los mismos laboratorios y tubos de ensayo que habían producido la cloropromazina también produjeron el LSD, las sustancias psicodélicas, el válium, las benzodiacepinas y otras drogas. Ninguna de ellas devolvía a los individuos a su lugar en el orden social; bien al contrario, eran drogas que poseían el potencial de alterar el orden social.


3. Un poco de historia
 
1968, un año de cambios.
1968 fue un año importante. El anticonceptivo oral había comenzado a transformar el orden social al cambiar las relaciones entre los sexos; la industria textil francesa produjo por primera vez más pantalones para mujeres que para hombres, y el feminismo ya había aparecido para combatir el sometimiento intelectual de las mujeres.

Además, aquel año vio la culminación del proyecto iniciado por Rousseau y Voltaire, la Ilustración. Era un movimiento dirigido a destronar reyes y dioses, que derrocaba el orden jerárquico tradicional de las sociedades. Afirmaba que el pueblo debía gobernarse a sí mismo, que las personas tenían derechos y no sólo deberes y que el lugar ocupado por los individuos debía depender, exclusivamente, de sus méritos. Pero hasta entonces se había limitado a hombres de mediana edad y de clase media, sin extenderse a mujeres, minorías étnicas y otros grupos.

En 1968, los antipsiquiatras y otros profesionales protestaron contra la colonización intelectual de los grupos étnicos llevada a cabo históricamente por Europa y contra el sometimiento de los pobres a los ricos y de los jóvenes a los mayores. Censuraban las nuevas drogas para controlar a la juventud. La locura era la protesta de los colonizados.

Algunas de las medidas políticas de la época se comprenden mejor si se toma el caso actual de las «drogas inteligentes». Vivimos un tiempo en el que formalmente no se puede discriminar por razones de sexo, edad, religión o etnia, pero se sigue discriminando por la inteligencia. Los buenos alumnos pueden ir a la universidad gracias a los subsidios del Estado. Se piensa que esa forma de aumentar los conocimientos beneficia a los menos capaces o a los más viejos frente a los más jóvenes o a los más brillantes. Cuando las drogas para potenciar los conocimientos estén disponibles, servirán de ayuda a los menos favorecidos. Pero, ¿podrá acceder a ellas toda la sociedad o quedarán restringidas a enfermedades como la pérdida de la memoria asociada a la edad? ¿La enfermedad será alguna vez un concepto válido de libertad?


 
Los profesionales de la antipsiquiatría poesían armas muy poderosas en su arsenal. Una de ellas era el ECT (Electroshock); otra la disquinesia tardía. No había duda de que el ECT funcionaba, pero su notoriedad resultaba un problema porque se transformaba en un elemento cental, como se puede ver en la película «Alguien voló sobre el nido del cuco». En cuanto a la disquinesia tardía, el síndrome se había descrito por primera vez en 1960 y para 1968 ya se sabía que era un efecto común de las drogas antipsicóticas. No era el efecto más habitual ni el que más discapacitaba, pero sí el más visible.

La respuesta de la mayoría de los psiquiatras fue la misma que utilizan los psicoanalistas contra la psicoterapia: cuando el tratamiento no funciona, dicen que el error no está en él sino en la enfermedad. Del mismo modo los psiquiatras culparon a la enfermedad en lugar de a las drogas, tal y como se ha hecho con los inhibidores selectivos de recaptura de la Serotonina (SSRI, por sus siglas en inglés) y con el suicidio.

Sin embargo, la notoriedad de la disquinesia tardía era un problema real, y en 1974, la empresa SmithKline & French tuvo que pagar más de un millón de dólares para resolver la primera denuncia en su contra. Aquél fue el fin de toda una generación de descubrimientos antipsicóticos, entre los que se incluían drogas como clorpromazina, thioridazina, levomepromazina, clorprocixena, flupencixol, clopencixol, haloperidol, droperidol, benperidol, perfenazina, flufpenazina, proclorperazina, trifluoperazina, pimozida y sulfirida.

Pasaron casi 20 años antes de que surgiera otra generación de drogas antipsicóticas. Y cuando llegaron las nuevas drogas -comenzando por la clozapina-, no lo hicieron porque fueran mejores que las antiguas ni porque fueran buenas para determinados síndromes; se opine lo que se opine sobre las segundas, no llevaron a la nueva generación de antipsicóticos. En realidad, la reaparición de la clozapina se debió a que no provocaba disquinesia tardía.


 
Leo Hollister.
En la siguiente fotografía pueden ver a Leo Hollister. En 1957, Hollister había realizado una doble prueba controlada de placebo y cloropromazina con pacientes sin ningún tipo de problemas nerviosos, que demostró que el medicamento producía adicción física. En 1966, multitud de estudios habían confirmado sus observaciones: gran cantidad de las personas que tomaban antipsicóticos, incluso en dosis pequeñas y durante periodos relativamente cortos, presentaban cuadros de marcada y severa dependencia fisica al medicamento.

Una dosis de un miligramo de stelazina, administrada durante varios meses, podía provocar tal estado que el paciente no podría abandonar la terapia en toda su vida. De aquel descubrimiento se derivó el concepto de dependencia a las drogas terapéuticas, un concepto que cuestiona la mayoría de las teorías sobre adicción. Esas drogas no producen ni tolerancia ni euforia: producen cambios posteriores a la suspensión que duran y se extienden tanto como los cambios que sustentan lo modelos de adicción actuales (1). Pero el reconocimiento de la dependencia a los antipsicóticos se desvaneció alrededor de 1968, cuando se declaró la «guerra contra las drogas».

La psicofarmacología se enfrentó con un problema político: cómo distinguir las drogas que restauraban el orden social de las drogas que lo subvertían. Y se tomó la decisión de considerar que cualquier droga que subviertiera el orden social era problemática y adictiva.

Esa decisión, más política que científica, provocó una crisis años más tarde cuando se hizo pública la dependencia física a las benzodiacepinas. Aquello provocó una crisis extraordinaria que condujo a la marginación de los ansiolíticos e incluso al propio concepto de ansiolisis. En 1990, médicos británicos y de otros países afirmaron que las benzodiacepinas eran más adictivas que la heroína y la cocaína, aunque no mostraron prueba alguna que sustentara esa opinión.


 
Puede que el caso les provoque una sonrisa indulgente, pero las consecuencias no pudieron ser más profundas. Como ejemplo, se puede observar el caso de Japón, donde no se produjo crisis alguna con las benzodiacepinas. En el país asiático, el concepto de los ansiolíticos sigue siendo respetable y su mercado es mayor que el de los antidepresivos. En Japón no se vende ni SSRI ni Prozac para tratar la depresión. La «era de la depresión» que hemos vivido en Occidente durante la década de los 90 se ha basado en cuestiones políticas y económicas, sin demasiada relación con hechos clínicos. En la cultura popular, se ha cambiado la palabrería pseudopsicológica freudiana por una nueva biopalabrería sobre niveles bajos de serotonina y asuntos similares.

A finales de los 90 apareció la dependencia a los SSRI. ¿Significa eso que vamos a perder otro grupo de drogas útiles, tal y como sucedió con la benzodiacepina? ¿Hemos aprendido lo suficiente del caso mencionado como para garantizar que los SSRI no correrán igual suerte? ¿Somos conscientes de que el concepto de dependencia a los antipsicóticos desapareció en cuanto apareció un síndrome de dependencia muy obvio (la disquinesia tardía) que provocó graves daños al establishment farmacéutico y psiquiátrico? Si no entendemos lo que ocurre no podremos ofrecer garantías para el futuro.

Desde mi punto de vista, la antipsiquiatría se equivocó al afirmar que la locura no existe realmente. No obstante, en sus argumentos subyacía la idea de que nuestra forma de gobernarnos ha cambiado y de que la psiquiatría ha pasado a formar parte del «nuevo orden» de gobierno. Todo el mundo está de acuerdo en que se ha producido una desinstitucionalización, pero ¿también se ha producido con los pacientes? En Gran Bretaña al menos, se retienen durante periodos tres veces mayores que hace cincuenta años, se admiten en un índice quince veces superior y -como media- ocupan camas durante más tiempo que en ninguna otra época (2). Además, los hospitales están admitiendo nuevos pacientes, como los que sufren desórdenes de personalidad, y la gestión de la violencia y de los problemas sociales ha pasado a ser cuestión de la psiquiatría. Los hechos demuestran que la verdadera desinstitucionalización se ha producido en el ámbito de la psiquiatría. Los psiquiatras afirmamos con naturalidad que tratamos a más pacientes que nunca. Y es cierto.

Todo ello nos lleva al símbolo más llamativo de la época. En la siguiente imagen pueden ver las protestas de París en 1968. Los estudiantes marchan hacía la oficina de Jean Delay, que asaltaron. Delay tuvo que presentar su dimisión porque no estaba de acuerdo con el «nuevo mundo», donde los estudiantes se podían dirigir a los profesores sin formalidades.


 
Mayo del 68.

El hecho de que todos estemos aquí parece indicar que ganamos aquella batalla, ¿no es verdad? Sin embargo es posible que ustedes no sepan cómo ganamos; no se ha escrito ninguna historia de aquel periodo y los textos de psiquiatría no mencionan el asalto del despacho de Delay. Es más, tampoco mencionan que las figuras claves de las revoluciones de finales de los sesenta eran psiquiatras o filósofos que apelaban a ejemplos extraídos de la psiquiatría, como Franz Fanon, Michel Foucault, R.D. Laing, Thomas Szasz, Erving Goffmann y Herbert Marcuse. Ante un hecho como ése es posible que se sientan como si el fantasma de Freud nos estuviera acechando, riéndose de nosotros. Y puede que estén en lo cierto.

En realidad, no ganamos. El mundo cambió. La psiquiatría y la antipsiquiatría fueron borradas del mapa y remplazadas por una nueva psiquiatría de las corporaciones. El propio Galbraith ha denunciado que ya no tenemos mercados libres, sino que las empresas parten de lo que quieren vender y acto seguido preparan el mercado para que consumamos esos productos (3). Si funciona con los automóviles, con la gasolina y con todo lo demás, ¿por qué no iba a funcionar con la psiquiatría?


Notas

(1) Ver Tranter R.; Healy D. (1998) "Neuroleptic discontinuation syndromes" en J. Psychopharmacology 12:306-311; y Healy.D.; Tranter R. (1999) "Pharmacologic Stress Diathesis Syndromes" en J. Psychpharmacology 13:287-299
(2) Ver Healy D., Savage M., Michael P. et al. "Psychiatric bed utilisation: 1896 and 1996 compared" Psychological Medicine, Lecture at the 6th Hannah Conference on History of Psychiatry. Toronto , 17 de abril del 2001
(3) Galbraith, JK (1967) The New Industrial State. Penguin Books.


4.Farmacología y mercado
« Anterior | Inicio | Siguiente » La obligación de la prescripción médica convierte al mercado de la psiquiatría en un mercado más fácil de manipular que otros. En términos comparativos, las empresas tienen que convencer a muchas menos personas.

Dentro de la propia psiquiatría, hay dos factores que han facilitado el proceso. Uno de ellos fue la aparición de la gran ciencia. Por ejemplo, el gráfico que pueden observar a continuación es una de las imágenes más famosas de la psiquiatría moderna. Esta versión procede de Phil Seeman, de Toronto, aunque Solomon Snyder estaba haciendo aproximadamente lo mismo en aquella época.


 

Los datos que ofrece son uno de los triunfos de la moderna psicofarmacología y siguen siendo tan correctos hoy como hace 25 años, cuando se publicaron. Sin embargo, incluyen algo de lo que ni Seeman ni Snyder, ni otros científicos involucrados en las técnicas de radiofarmacia, fueron responsables: Un nuevo lenguaje, el lenguaje de la gran ciencia, donde empresas y médicos comparten los mismos intereses.

El lenguaje que compartían psiquiatras y antipsiquiatras dejó de utilizarse. Los dos lados habían estado gobernados por las presentaciones visibles de los pacientes que se encontraban ante ellos. Ahora, para entrar en el debate hay que tener un contador de centelleo y un filtro de admisión. Lejos de ser una ciencia pensada en función del interés de los pacientes, ha conducido a la utilizacion de dosis gigantescas de psico-fármacos. Ya no se buscan respuestas a partir de los problemas de las personas; ahora, aplicamos megadosis de psico-farmacos que han podido causar tantos daños cerebrales como la propia psicocirugía. La ciencia no necesariamente sera una tabla de salvacion, esta tiene que ser utilizada con sabiduaria. Hemos entrado en una era en donde los pacientes dependen de sus médicos de una nueva manera - son dependientes de la confianza que pueden tener en ellos y en donde los conflictos de interes se vuelven un problema mayor.


 
René Descartes.
El segundo factor procede de personajes como René Descartes -a quien pueden ver en la fotografía- y Blaise Pascal, entre otros, que fueron responsables del desarrollo de la teoría de la probabilidad y de la estadística; es decir, de las bases que hicieron posible la Ilustración.

El proceso comenzó en el siglo XVIII cuando se empezaron a trazar mapas no de la Tierra, sino de las personas, que llevaron a la recuperación del concepto de democracia, a la creación de las ciencias sociales y de la epidemiología, y a un movimiento moral en la psiquiatría y la medicina. Las mismas fuerzas condujeron a finales del siglo XIX a los primeros intentos por registrar las características humanas: nuestras actitudes, capacidades, personalidad e inteligencia. Técnicas como la escala de los test de inteligencia llevaron a la creación de nuevos conceptos, normas y desviaciones de las normas, y los psicólogos ocuparon un lugar en el sistema educativo, en el sistema legal y en nuestro propio gobierno (lo que apuntaló la revolución psicodinámica).

Sin embargo, todo ello no implicaba únicamente la sustitución de teología y filosofía (las ciencias cualitativas) por una nueva gama de ciencias cuantitativas. Las nuevas estadísticas establecieron algo más: un mercado, con sus riesgos y sus perspectivas. Empezábamos a convertirnos en una sociedad de riesgo. En el caso de los test de inteligencia, las desviaciones de la norma pasaron a utilizarse como dato para prever problemas futuros. Por ejemplo, los padres comenzaron a solicitar los servicios de los psicólogos para mejorar el porvenir de sus hijos. Y se estableció la forma en la que nos gobernaríamos en el futuro: a traves del mercado (2).

Los psicotrópicos entraron de formas muy distintas en el nuevo mercado. Los anticonceptivos orales, por ejemplo, son un producto que obviamente no está destinado al tratamiento de ninguna enfermedad; se crearon para evitar riesgos: mientras la humanidad se preocupaba en otros tiempos por riesgos como la condenación eterna, ahora habían surgido problemas mucho más inmediatos; es decir, se había cambiado la gama de riesgos futuros que determina nuestro comportamiento por otra más inmediata. Pues bien, las drogas más vendidas de la medicina moderna hacen algo parecido. No tratan la enfermedad: gestionan riesgos. Eso es evidente en los medicamentos contra la hipertensión, en los agentes reductores de grasas y en otra drogas. Pero también lo es en los antidepresivos, que se han estado vendiendo para reducir el riesgo de suicidio.


 
Vivimos en una época que se describe popularmente como la era de «la medicina basada en las pruebas» El desarrollo de la teoria de la probabilidad dio origen a los "estudios clinicos". ¿Qué podría salir mal cuando tenemos "estudios clínicos" que demuestran lo que funciona y lo que no funciona y nos atenemos a ellas? ¿Qué más podemos hacer?

Se podría decir que la definición «medicina parcialmente basada en pruebas» sería más adecuada. Ningun estudio clínico en psiquiatría ha demostrado nunca que algo funcione. La penicilina erradicó una importante enfermedad mental sin ninguna prueba clínica que demostrara su utilidad.

La clorpromazina y los antidepresivos también se descubrieron sin realizar estudios clínicos. No se necesita una prueba para demostrar que algo funciona. El haloperidol y otros agentes sirven para el delirio y nadie pensó jamás en realizar una prueba que lo demuestre. Tampoco se realizaron con los anestésicos y los analgésicos. Y es más, los estudios clínicos estuvieron a punto de impedir que obtuviéramos fluoxetina y sertralina.

Los estudios clínicos sirven para demostrar los efectos de los tratamientos. En muchos casos, son efectos mínimos; tan pequeños que habría que apelar a la fe para detectarlos. La mayoría de los estudios realizadas con sertralina y fluoxetina fracasaron al intentar detectar algún efecto, lo que no significa que no funcionen; muchos hemos comprobado en la práctica su utilidad. Sin embargo, es obvio que nuestros métodos de evaluación son inadecuados. Para demostrar que algo funciona, tenemos que ir más allá de los efectos del tratamiento y probar que dichos efectos resuelven los desórdenes en una cantidad determinada de pacientes, tan significativa que compense problemas como los síndromes de dependencia que pueden causar algunas drogas.


 

Ahora bien, si nuestras drogas fueran realmente eficaces, no tendríamos un porcentaje tres veces superior de internados que en el pasado, ni la relación de admisiones y camas ocupadas para tratar depresiones y otros desórdenes sería quince veces mayor. Eso no es lo que sucede cuando un tratamiento funciona (como la penicilina con la parálisis general).

Pero hay algo más. No se trata sólo de que nuestros métodos de demostración clínica sean inadecuados: hay profesores de psiquiatría que están en la cárcel por inventarse a los pacientes. Un porcentaje significativo de la literatura científica es pura invención. Gran cantidad de estudios clínicos no llegan a conocerse si los resultados son inconvenientes para las empresas que patrocinan las investigaciones. A veces, se multiplican las informaciones sobre pruebas, de tal modo que si alguien intenta analizar los resultados tenga verdaderos problemas para averiguar cuántas pruebas reales se han realizado. Y en muchos estudios se suprimen datos esenciales casi siempre; por ejemplo, el efecto de los antidepresivos en la calidad de vida. Llamar «ciencia» a eso es un engaño.


 
Entre los aspectos de la situación médica actual también cabe mencionar que los grupos de pacientes más críticos del periodo de la antipsiquiatría han sufrido la infiltración de la industria farmacéutica. Otros grupos han sido directamente creados por las empresas. Parte de los planes de desarrollo de mercado de muchas drogas incluyen la formación de grupos de pacientes, para que presionen a favor del nuevo tratamiento. De hecho, las empesas farmacéuticas organizan reuniones para determinar la forma de establecer dichos grupos.

Puede que todo ello forme parte de la conflictiva y normal relación entre la ciencia, la práctica clínica y el mundo de los negocios, pero en lo que está sucediendo hay un aspecto aún más importante, bien explicado en la siguiente cita de Max Hamilton: «tal vez somos testigos de un cambio tan revolucionario como la introducción de la producción masiva y la estandarización en las manufacturas, con sus consecuencias positivas y negativas».

Muchos de ustedes habrán utilizado la escala Hamilton para la depresión. ¿Qué pudo ver Hamilton de revolucionario en la utilización de instrumentos tan sencillos como ése? Anoten una fecha: 1972. Puede que él fuera tan consciente de lo que estaba sucediendo como para ver algo que nosotros no podíamos ver. Como comunista, tal vez viera problemas que nosotros no hemos notado hasta ahora.

Las escalas de evaluación forman parte de la práctica clínica y de las pruebas psiquiátricas desde hace tanto tiempo que observar los aspectos revolucionarios de lo sucedido resulta difícil. Actualmente, se utilizan con gran profusión desde los colegios a todo tipo de situaciones vitales. Cuantificamos aspectos del comportamiento sexual, del comportamiento de los niños y de todo tipo de cuestiones que nunca habíamos cuantificado. Donde antes existía una rica variedad vital, ahora los alumnos de nuestras escuelas se encuentran sometidos a todo tipo de normas. Y si las transgreden, sugerimos que hay cosas que los padres pueden hacer para que los jóvenes vuelvan a comportarse de forma apropiada. Cosas para minimizar los riesgos en el futuro de nuestros hijos. Cosas que, tal y como sucede con los datos de los test de inteligencia, pretenden generalizarse a toda la población.


 
Los datos sobre los efectos de los tratamientos, obtenidos a partir de las escalas de evaluación utilizadas en nuestros estudios clínicos, han creado un nuevo mercado. Piensen que estamos medicando a niños de 1 a 4 años con Prozac y Ritalin y comprenderán que no estamos tratando enfermedades. He escrito largo y tendido sobre la forma de crear mercados de las corporaciones, pero las multinacionales farmacéuticas no venden drogas psicotrópicas a los niños directamente. La explosión del uso de las drogas con menores es una manifestación de la fuerza que crea los mercados, que sostiene el desarrollo de los mercados de las empresas farmacéuticas y de otros ramos. Los efectos de tratamientos obtenidos en estudios clínicos se toman como si fueran conclusiones que se pueden aplicar a toda la comunidad: se utilizan para afirmar que esos agentes conseguirán que los niños se mantengan dentro de unas normas establecidas que minimizarán futuros riesgos. A fin de cuentas, ¿qué padre no quiere evitar riesgos a sus hijos?

Los desórdenes alimentarios ofrecen un buen ejemplo de lo que sucede. La gente ha pasado hambre durante milenios por multitud de razones, buenas y malas. La anorexia nerviosa, como saben, apareció como algo diferenciado de comportamientos anteriores a principios de la década de 1870. No existían datos epidemiológicos fiables que justificaran la categoría (la epidemiología de desórdenes alimentarios no ha existido hasta hace poco tiempo), pero parece que la frecuencia del síndrome aumentó en los años 20 y 30 del siglo XX y volvió a crecer en los sesenta con nuevas variaciones. Las teorías al respecto se han centrado en la posible psicodinámica del problema, en la biología del problema o en aspectos sociopolíticos del problema. Sin embargo, pocas veces ha existido comunicación entre las distintas tendencias.

En ese sentido hay algo que raramente se reconoce: que las balanzas aparecieron en la década de 1870, y con ellas, las normas de peso, las desviaciones de las normas y la preocupación sobre lo que hasta entonces se habían considerado riesgos maravillosos y saludables.


 
Después, la industria de las aseguradoras publicó los datos. En los años veinte, las balanzas aumentaron en frecuencia y comenzaron a aparecer -con las normas impresas- en farmacias, mercados y otros establecimientos al por menor. En la década de 1960, se comenzaron a vender en tamaños reducidos para que todos tuviéramos una en nuestros hogares.

Es evidente que las balanzas no crearon los desórdenes alimentarios, pero sería imposible imaginarlos, en la escala epidémica que actualmente tienen, sin la presencia de las balanzas y de las modernas normativas sobre el peso. Y por otra parte, es fácil de imaginar que la retirada de la retroalimentación psíquica que producen las balanzas puede resultar, en muchos casos, terapéutico.

Pero la forma de seleccionar los datos tambien establece una peculiar neurosis moderna. Así como los datos de la Renta Per Cápita nos dan información sobre algunos aspectos pero no sobre otros (y al hacerlo, estimulan el consumo de automóviles y la tala de bosques, por ejemplo), los datos de este campo del conocimiento, que son fáciles de crear, poseen el poder de controlar el comportamiento.

Por supuesto, también se pueden crear mercados en otras áreas, como la calidad del aire y la ecología. Pero introducir esos otros valores en nuestros vidas exige de gran visión y de considerables recursos internos.

Notas

(1) David Healy es autor de:
Psychiatric drugs explained, Harcourt Publishers, 3ed. 2002
The creation of Psychopharmacology, Harvard University Press, 2002
(2) Rose N, 1999. Powers of Freedom. Cambridge University Press.


5. ¿Qué futuro nos espera?

¿Qué futuro nos espera? Hay buenas y malas noticias. Aunque en realidad, las posibilidades que voy a esbozar les pueden parecer tan extrañas que tal vez les resulten igualmente malas.

En la fotografía adjunta pueden contemplar el rostro de unos mayores asesinos en serie de la historia. Puede que se trate del mayor asesino en serie de todos los tiempos. Era un médico, llamado Harold Shipman, que trabajaba cerca de mi domicilio. El caso de Shipman demuestra que situaciones donde la confianza es importante pueden desembocar en extraordinarios abusos.

La prescripción obligatoria, creada para limitar la disponibilidad de las drogas malas y limitada ahora exclusivamente a las drogas buenas, es una de las situaciones donde el factor de la confianza es importante. La medida se tomó originalmente para que los médicos pudieran obtener información de las empresas farmacéuticas en favor de sus pacientes y para servir de contrapeso a las fuerzas del mercado.

Sin embargo, las empresas y corporaciones farmacéuticas modernas se han convertido en las organizaciones con más beneficios del planeta desde que se aplicó la prescripción obligatoria. Se ha pasado de un mundo donde las farmacéuticas estaban dirigidas por médicos y químicos a otro donde lo están por ejecutivos que también trabajan para multinaciones del petróleo y del tabaco. De hecho, las farmacéuticas suelen estar asesoradas por abogados de corporaciones como las mencionadas.

En el caso de la industria del tabaco, ahora resulta evidente que los consejos legales sobre los problemas derivados del hábito de fumar no se centraron en la investigación de sus peligros, porque de haberlo hecho habría aumentado la responsabilidad legal de las empresas involucradas (6). Ese tipo de asesoría, proporcionada a los ejecutivos de nuestras corporaciones farmacéuticas, debería ser completamente incompatible con la medida de la prescripción obligatoria; pero los mismos abogados que aconsejan a las empresas farmacéuticas son también los que trabajan para las tabacaleras. Obviamente, eso convierte la prescripción obligatoria en un vehículo para generar consecuencias médicas adversas con impunidad legal.

En mi opinión, el Prozac y otros inhibidores selectivos de recaptación de serotonina (SSRI, por sus siglas en inglés) pueden llevar al suicidio. Es posible que ese tipo de drogas sean responsables de la muerte de una persona al día, en Estados Unidos, desde que se comercializaron. Seguramente muchos de ustedes no estarán de acuerdo conmigo en ese punto, pero no han tenido acceso a la información que yo he tenido. No obstante, todos estaremos de acuerdo en que surgió una controversia sobre los posibles efectos negativos del Prozac. Y también estarán de acuerdo en que, desde que surgió el debate, no se ha realizado ni una sola investigación dirigida a averiguar si el Prozac puede inducir al suicidio. Se han planteado, pero no se han llevado a cabo.

¿Qué aplicación tiene todo esto para el futuro? Con la obtención de la secuencia del genoma humano, surgen posibilidades de crear nuevos mercados. Necesitamos ese conocimiento para avanzar y nos servirá para averiguar más cosas sobre nuestras creencias, incluso religiosas y políticas. Pero los productos derivados de la investigación pertenecerán casi exclusivamente a las corporaciones farmacéuticas. Y si dichas empresas reciben el tipo de asesoría legal que aparentemente reciben en la actualidad, el conocimiento obtenido -tan importante desde un punto de vista democrático- actuará contra los intereses de la democracia.


 
En la imagen adjunta pueden contemplar otro aspecto del futuro (7). Durante los últimos cincuenta años, la cirugía plástica ha evolucionado hacia la cirugía cosmética. La primera comenzó como una gama de procedimientos de reconstrucción dirigidos a reintroducir al individuo en el orden social, y evolucionó hasta convertirse en la segunda cuando la fiabilidad de los procedimientos superó determinado umbral de calidad.

Todos ustedes han oído mucho la palabra «calidad» últimamente. Sin embargo, la calidad no se refiere en la salud moderna a una buena interacción entre seres humanos. En la actualidad se utiliza en una acepción industrial, relativa a la capacidad de obtención de determinados resultados; por ejemplo, las hamburguesas «Big Mac» son hamburguesas de calidad en ese sentido: son siempre iguales. En el caso de los antidepresivos, la calidad es actualmente nefasta; pero el desarrollo de la farmacogenética y de la neuroimagen lo cambiará todo. No es que nuestras drogas vayan a ser necesariamente mucho más eficaces, pero la calidad de las respuestas que podremos obtener con ellas será mucho mayor.

La Viagra, una droga con resultados de calidad, es un buen ejemplo de lo que sucederá cuando consigamos dar ese paso: entonces se podrá abandonar el concepto de enfermedad. Los ejecutivos de las empresas farmacéuticas y de otras corporaciones ya han renunciado a él y hablan abiertamente de agentes de estilo de vida. Ése es el mundo que nos espera. No será el mundo de la medicina tradicional, donde las drogas trataban enfermedades para restaurar el orden social. Será un mundo donde las intervenciones psicofarmacológicas podrán cambiar dicho orden. No soy quien para indicarles si ese mundo será mejor o peor, aunque considero que podría tener muchas ventajas.

Volvamos ahora a la fotografía de Delay y de sus colegas. Probablemente recuerden que mencioné que Pichot y Deniker podrían haber estado esperando una hora junto a Delay, de pie, mientras él entretenía a alguien como yo. Sin embargo, no habría sido una experiencia que hubieran tomado como una forma refinada de tortura ni como una humillación. Eran otros tiempos, una época en la que el honor y la lealtad eran más importantes que hoy en día. Entonces se valoraban más que la búsqueda de la autenticidad individual, típica de nuestro mundo. Aquellos hombres creían en la jerarquía, del mismo modo que en el pasado se creía en el «temor de Dios» como método para mantener el orden social. Pero el temor se transformó en angustia y luego llegaron los desórdenes de ansiedad: algo que se debe tratar.

Esto demuestra que existen fuerzas en juego que pueden cambiar no sólo el tipo de drogas que damos a los pacientes, no sólo las situaciones que creemos estar tratando, sino también cambiarnos a nosotros mismos. Fuerzas que pueden transformarnos de forma más profunda que un buen puñado de LSD.

Por las razones expuestas, probablemente pensarán que se debe seguir con suma atención la evolución de los cambios. La alternativa es deslizarse suavemente hacia el futuro; o al menos así lo parecía hasta hace poco tiempo, cuando el nacimiento de la atención médica controlada demostró que el deslizamiento hacia el futuro podría no ser tan suave e indoloro como alguna vez imaginamos.
Notas

(6) Glantz SA, Bero LA, Hanauer P, Barnes DE. The Cigarette Papers. University of California Press, Berkeley, 1996.
(7) Haikan E (1999). Venus Envy. A History of Cosmetic Surgery. Johns Hopkins University Press.



 
Autor: David Healy
 
Extraído de: http://www.lainsignia.org

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