Considerando que el habla implica alguna relación con la verdad, intento revisar a qué alude el término “vergüenza”. Entre las muchas referencias elijo aquellas que me parecieron más pertinentes respecto del aporte específico del psicoanálisis.

Voy a partir de la Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa Calpe, donde indica allí su origen en el latín verecundia; se la define como una turbación del ánimo que suele encender el color del rostro, ocasionada por una falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.
En cuanto al pudor, se lo considera como sustituto de la vergüenza; se lo vincula con la honestidad, el recato, la castidad. El pudor estaría muy arraigado en las civilizaciones primitivas donde lo representa a menudo la figura de una joven hermosa, siempre cubierta por un velo.

Para la mitología griega, el Pudor es una divinidad que junto con Némesis abandonó la Tierra, indignada, según nos cuenta Hesíodo, por la corrupción de los hombres. Se la considera amiga de la Verdad e íntimamente unida al Amor, que pierde toda su fragancia cuando el pudor no lo vela –aun cuando lo delate.

Por su parte el pundonor queda definido como punto de honor, punto de honra y dignidad; estado en que consiste la honra o crédito de una persona.

En cuanto al Antiguo Testamento, el Génesis consigna un despertar de la vergüenza luego de la expulsión del paraíso; esa vergüenza es el correlato de una ley que prohibe el goce.: “Y Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás (...)”.

En nuestro hablar cotidiano son muchas las formas que aluden a ella, algunas de las cuales reenvían con frecuencia a la sexualidad o a incidentes obscenos; entre las más conocidas encontramos: ¡Qué vergüenza! y sus variantes: Otras expresiones llegan a condensarse como refrán; recordamos dos que la sitúan en el terreno de la privacidad, pero con matices diferentes en cuanto a lo que se resguarda: por un lado, “Más vale vergüenza en cara que dolor del corazón”, y por otro: “Quémese la casa pero que no salga humo”.

En la clínica psicoanalítica nos llegan con frecuencia relatos que la tienen por protagonista, por ejemplo: en una escena familiar un abuelo le comenta a su joven nieto, mientras mira las vedettes por TV : ¡No tienen vergüenza de estar desnudas! Cuando era joven había que ir al cabaret y tenías que pagar para verlas”. El nieto le responde: “Te habrás hecho un festín...”.

Pero se trata de saber dónde está la vergüenza, cómo se tramita, cuál es su incidencia específica. Veremos por dónde avanzar. Voy entonces a los textos freudianos.


La vergüenza en los textos psicoanalíticos


A lo largo de toda su obra y en su correspondencia con Fliess, S. Freud aborda la vergüenza abriendo un amplio espectro que va de lo normal a lo patológico, de modo que puedo en principio afirmar que no hay ser hablante que no sea tomado por esta manifestación.

En “La interpretación de los sueños” (1900), al ocuparse de los sueños típicos,(pág.253) señala entre ellos el de la turbación por desnudez. Aborda allí un relato de Hans Christian Andersen, “El traje nuevo del emperador” , donde es cuestión de dos impostores que tejían un rico vestido para el emperador, visible sólo para los súbditos buenos y fieles. Cuando el emperador se paseó con ese vestido invisible, atemorizados por la virtud reveladora de la tela todos fingieron no reparar en su desnudez, salvo un niño de corta edad que exclamó de pronto: “¡Pero no tiene nada puesto!” (pág. 254). Expresa entonces aquello que permanece velado en los adultos, devela la sátira y deja al descubierto al rey exhibicionista.

Lo interesante es cómo revela así una verdad escondida: el goce del rey con su desnudez, la obcenidad que recubre la farsa asumida por los adultos.

En ese mismo texto, un poco más adelante, Freud (pág 254) alude a la infancia, tal como se nos aparece en el après- coup, como una suerte de fantasía del paraíso donde la desnudez del cuerpo no suscitaba vergüenza

La vergüenza queda planteada en los “Tres ensayos de teoría sexual” (1905) como una defensa ante la emergencia pulsional; como dique con valor propiciatorio, circunscribe la orientación de los fines pulsionales dentro de ciertas fronteras.

En este mismo texto Freud se refiere al goce ligado al objeto anal; goce que sólo encuentra para derivarse un acto indebido, deshonesto o capaz de levantar en algún punto el velo que cubre lo real.
En esta línea de la desvergüenza, se ubica el planteo avanzado en “Duelo y Melancolía” (1917). La vergüenza ausente en el melancólico, “el exceso de franqueza” (pág.245). Podría situarla por nuestra parte en términos de un goce; éste da cuenta de un dique que no ha funcionado.

Cuando se ocupa de las que designa como neurosis narcisistas, Freud ubica la “elación’ en la manía, en el otro polo de la melancolía –pero compartiendo con ella la ausencia de vergüenza.

Si el escenario privilegiado por la vergüenza es el cuerpo, sus manifestaciones se propagan también en el lenguaje, de modo tal que habría una imposibilidad de ubicarse por fuera de la vergüenza. Parecería que esto es así, más allá de que llegue a reconocerlo quien la padece, incluso en aquellas psicosis donde el drama con el lenguaje es prevalente.

Por vía de la referencia a las psicosis, llego a los textos de J. Lacan y sus formulaciones, de las cuales considero algunas donde el cuerpo comprometido en la vergüenza tiene especial relevancia.


Un trayecto por las formulaciones lacanianas


Desde esta perspectiva, la falla estructurante del sujeto y la hiancia que comporta el deseo humano, determinan que la verdad del goce que nos habita resulte velada como en los misterios. Esto supone la operación de los nombres del padre y la vía hacia lo simbólico que ella habilita.

En lo que hace a la constitución del fantasma, se sella en él la dialéctica entre el sujeto y el Otro. En su escenario se preserva el pudor y al mismo tiempo, el deseo encuentra una forma de realización. A diferencia de esto, en la vergüenza que descorre el velo, el cuerpo queda desnudo ante el otro y no hay efecto placentero.

En su escrito “La significación del falo” (1958), J. Lacan expresa que “(...)el demonio del Pudor, Aidos, surge en el momento mismo en que según el misterio antiguo, el falo es develado” (pág 672). De modo que promovido a la función significante, el falo no puede desempeñar su papel sino velado. No todo es castrable y la vergüenza es una de las formas en que el cuerpo delata lo incastrable en cada sujeto, ese resto fuera del discurso no metaforizable, presente en toda estructura.

Este resto puede o no ser puesto en función en el discurso analítico del relato del analizante. Por ejemplo: X le comenta a su amiga Z su dificultad con su amante y Z le pregunta: “¿Le comentaste a tu analista?” X responde: “No, porque me da vergüenza”.

En este caso, como en las diversas ocasiones en la que el sujeto, aunque lo compromete, no reconoce el lugar que ocupa en el secreto que lo avergüenza, no lo metaforiza y hace de él la trampa singular en la que cae, trampa que hace a la dimensión de su goce.

Cuando el rostro se sonroja, esto es, cuando el cuerpo manifiesta la vergüenza en alguna de las muchas formas de trastabillar, revela aquello que el sujeto pretendía mantener oculto: la no-falta. Esto es así aun cuando, como lo señala J. Lacan en “El despertar de la primavera” (1974), una vez corrido el velo, el pasaje de lo privado a lo público no descubra nada, es decir, no sorprenda a nadie lo que deja al descubierto (pág. 110).


La vergüenza y el humor


Ubico el humor como uno de los ropajes simbólicos de la vergüenza. A manera de velo que muestra y oculta, mediante la elaboración de un escenario – una transacción- donde la puesta en juego del cuerpo cobra otro estatuto, el humor representa otra alternativa que la del bochorno, la negación o la huida. Gracias a ese velo, lo excluido por la vergüenza accede al discurso y produce alivio

Freud considera el humor como un don, un talento con el que no todos contamos. En “El chiste y su relación con lo inconciente” (pág 95) Freud sitúa la represión como el poder que estorba o impide el goce de la obscenidad sin disfraz.

Además, siempre en términos freudianos, diremos que por la vía del humor el yo consigue establecer una alianza provisoria en otra forma de enlace con el superyo, en la medida en que logra tramitar la barrera de la censura y lo impuesto por ciertas formas de la represión.

La esencia del humor consiste en tomar distancia, desprenderse de aquello que, fijado a un goce, podría desembocar en el ridículo. Siguiendo el planteo de I. Vegh en “El Prójimo” (págs. 62/3), diré que si el velo se corre y da lugar a la ostentación fálica, surge la vergüenza. A diferencia de ella, el humor comporta una elaboración que acuerda eficacia a la barrera del pudor, de modo que resguarda el fundamento del sujeto, el velo establecido por el fantasma y su escena íntima y singular. Eventualmente produce un efecto cómico.

También leído desde J. Lacan, el humor tramita el goce obsceno. Por esa vía la estructura narcisista del yo, alcanza a dar cuenta de la elaboración puntual de la falla. Entiendo así que el humor comporta un trabajo singular cada vez, uno por uno, porque lo Real está ahí, insistiendo siempre en el mismo lugar, trayendo una y otra vez aquello que no fue liquidado.

El dique del humor frente a lo Real tiene efecto en el cuerpo; gracias a él, no me sonrojo y en lugar del bochorno o del ridículo, me río de mí misma diciéndome, por ejemplo: ¡Otra vez la misma piedra!.

El goce obsceno, fuera de escena, porque fuera de la castración, necesita ser velado; la represión se encarga de hacerlo, en tanto las distintas sustituciones y desplazamientos vendrán a elaborar transacciones que le permiten algún acceso al discurso. Una vía posible es aquélla que supone su tramitación simbólica en las diversas formas y recursos del humor.

Gracias a ellos, ese goce condesciende al deseo en una escena singular, reconocida por algunos otros. Así, retomando el ejemplo consignado por Freud, el goce del emperador que remite a una ostentación fálica, obscena porque fijada, contraponemos la caída de la prestancia fálica en el humor en sus diversas formas.

Una conocida entre nosotros, es la que ponen en escena Les Luthiers; su producción en efecto apela a un saber hacer singular gracias al cual elaboran un velo apelando a un montaje susceptible de ser compartido.


Lic. Esther Romano. Psicoanalista. Miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Becaria Honoraria del Centro de Salud Mental N° 1: Integrante del Equipo del Hospital de Día “La Cigarra” y de la Comisión de Docencia.  
 

 

Autor: Esther Romano
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Extraído de : http://www.elpsitio.com.ar

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