Introducción

“Dime de qué alardeas y te diré de qué careces”, expresa un sabio proverbio. Algunos individuos se vanaglorian de cosas, privilegios o situaciones que poseen por cuestiones genéticas, herencia de bienes, o simple suerte. Alardean de ello. ¿Tan carentes de logros están, o tan miopes son?, que no pueden ver que no tienen mérito en eso, dado que prácticamente no les costó nada obtenerlo. No deberían jactarse de ello, al menos mientras se mantengan viviendo al amparo de la ley del menor esfuerzo, obteniendo mucho, con muy poco compromiso personal.  

Es común que los chicos prodigios se aburran si van a una escuela común que les exige muy por debajo de sus posibilidades, es que para ellos no hay ningún mérito en obtener lo que para los demás, resulta laborioso. Como en este caso, el mérito, como experiencia subjetiva, debería ser más o menos proporcional al grado de compromiso y esfuerzo personal puestos en juego. 


Personalidad y trascendencia

El ser humano es alguien que a diferencia de los  animales, posee una pulsión, o una especie de vocación –si se prefiere–, que lo impulsa a ir más allá de un hipotético umbral vinculado a la necesidades instintivas, propias del mundo animal, debido a que en los primeros años de su vida se va configurando en su psiquismo una Carencia estructural, que con posterioridad, y sublimación mediante, lo empujará a desear y obtener objetos culturales gratificantes, espirituales o materiales, como un modo ilusorio de llenar esa carencia, insaciable por estructura.   

Esa carencia original, que configura la estructura psíquica básica, es lo que causa el Deseo  en el sujeto humano y lo mueve a la acción. Es a partir de esta dinámica psicológica, como se despliega la vida humana, tal como la conocemos, originándose en el hombre, la prosecución de fines culturales, que lo hacen trascender su naturaleza animal previa. 

Todos somos Carenciados estructurales, condición sin la cual no hay ser humano, entendido éste como sujeto bio-psico-socio-cultural. Aunque, hay que admitir que dicha frustración básica puede variar, entre ciertos límites, de un sujeto a otro, conforme a las vivencias, significaciones e historia singular de cada uno de ellos.

Haciendo un reduccionismo, podemos visualizar las conquistas humanas, como un interjuego psicológico entre la consistente sensación de carencia precoz profunda, y el habitual, y más o menos proporcional, impulso a compensarla; como así también, entre una carencia superficial o más actual, sufrida en etapas posteriores a la infancia, y el frecuente surgimiento de un afán reparador

 A ciertos individuos, afectados mínimamente por esa universal carencia infantil, propongo llamarlos, paradójicamente, Satisfechos estructurales.

Sintéticamente, la personalidad es el conjunto de características y cualidades constitutivas de cada persona, que las distinguen entre sí. Uno de los signos principales de Satisfacción estructural es poseer una personalidad ideal, es decir una de esas personalidades carismáticas, abiertas y espontáneas, muy susceptibles al liderazgo, y que a casi todos le cae bien, y a su vez anhelan para sí. Sus portadores pueden ver enormemente facilitados sus proyectos. Empero, estas personalidades deseables, salvo honrosas excepciones, no se deben al mérito personal; por lo general, sus usufructuarios no hicieron mucho, por lo menos concientemente, para obtenerlas, y todavía no conocí a nadie que se anime a jactarse de su inconsciente. Además, poseen una contra fundamental: un impulso reducido para las grandes conquistas, dado que sus portadores son personas sin grandes ambiciones –aunque no lo aparenten– y proclives a regodearse con sus destrezas sociales y con su rico anecdotario personal, casi siempre fruto de lo que no les costó prácticamente nada obtener: su personalidad. Estos individuos, de cara al Deseo humano de trascendencia, ni remotamente poseen el ímpetu de los que sufrieron la Carencia estructural más elevada. Entre estos, también hallamos sujetos con personalidad ideal, con o sin sobreadaptación. En el caso del sobreadaptado, generalmente logra doblegar sus obstáculos psicológicos, pero con alto nivel de estrés, o con cargo al cuerpo; la hiperresponsabilidad que opera solapadamente en él, le genera alteraciones, disfunciones y/o enfermedades psicosomáticas. En cambio, el poseedor de una personalidad deseable, pero sin sobreadaptación, ni Satisfacción estructural, es el mejor dotado de los tres, debido a que puede usufructuar de la misma, sin las contras de las otras dos opciones, si bien casi siempre, debe convivir, de alguna manera, con la conflictividad inherente a su elevada carencia estructural, y puede eventualmente aliviarla o compensarla, mediante sus conquistas y logros personales. 

Hay que tener en cuenta que estas categorías nunca se dan de manera absoluta, siempre se hallan algo mezcladas, pero sabemos que es lo que predomina en un sujeto dado, lo que define la categoría en la cual lo incluiremos. Eso significa, por ejemplo, que un Satisfecho estructural no es concretamente alguien con una imposibilidad total de trascender en su vida, sino alguien con cierto déficit en el impulso trascendente, aunque nunca definitivo, ya que puede potenciarse en él, por determinadas circunstancias –especialmente frente al sentimiento de pérdida de sus privilegios–, un genuino Deseo de cambio, o de trascendencia, que lo impulse en esa inédita dirección. Es decir, un Satisfecho estructural puede, en su devenir afectivo, suplir su “satisfacción profunda” por una “carencia actual construida”, que le active su Deseo, ya que este sujeto, no cuenta con el empuje necesario para metas trascendentes, y por ende, suele pasarse gran parte de su vida regodeándose con sus privilegios, o con sus facilitaciones estructurales, sin ir un poco más allá, en la búsqueda de conquistas que le signifiquen un esfuerzo real. Este tipo de individuos tienen mucha facilidad para generar expectativas, debido a su gran optimismo y entusiasmo vital. Son líderes naturales, pero difícilmente vayan a liderar algo trascendente, dado que carecen del impulso básico para ese menester. Desde este punto de vista son seres mediocres, aunque dicha mediocridad se halle velada por una investidura de personalidad altamente valorada por los que lo rodean. Es en la interacción con la gente, en donde logran la elevada ponderación social de la que suelen gozar. De tal modo, perpetúan el clima idílico en el que crecieron. Esencialmente, esa es su máxima aspiración.

 

Esquema: Personalidad y carencia

 

Los que se jactan de nada

Si hacemos una analogía con una casa confortable, podemos conjeturar que a su ocupante, probablemente le resultará dificultoso desprenderse de la misma. Justamente, eso es lo que le ocurre en su estructura mental al “satisfecho”: no quiere salirse de esa vida plena e ideal que tuvo y que revive todos los días desde su confortable albergue mental. Su funcionamiento, casi siempre remite a lo que le resulta sencillo por estructura, por ejemplo, ser centro de atención, líder, o un animador admirable en las reuniones sociales; como así también, suele conseguir buenas oportunidades laborales sólo por movilizar contactos o amistades, algo de lo que a este tipo de personas les suele sobrar, dado que por lo general, es lo único que han cultivado plenamente en la vida. Se manejan como peces en el agua en las relaciones sociales, siempre lo han hecho bien; suelen haber tenido una infancia y juventud felices, a la que constantemente evocan; frecuentemente son jactanciosos, pero no pueden, o no quieren, ver que sus jactancias no tienen anclaje en un esfuerzo real, sino sólo en facilitaciones estructurales, por consiguiente, y desde la perspectiva del mérito personal, podemos decir que estos individuos “suelen jactarse de nada”. En este ítem, es oportuno que diferenciemos una vez más, a este subgrupo, de mínima carencia estructural, de su opuesto, de elevada carencia estructural –y donde, tal como vimos, también predominan las personalidades ideales, aunque por distintos motivos–; algunos de los integrantes de este último grupo, al poseer un firme impulso trascendente, más o menos pueden obtener lo que se proponen, por consiguiente, estos no se jactan precisamente de nada, como los satisfechos estructurales, sino de aquello que obtienen.

Los artífices de su propia fortuna, los famosos, las celebridades, como asimismo, los artistas y los genios, suelen tener en común una elevada Carencia estructural que los impulsa a destacarse en alguna de las áreas mencionadas. Aunque es bueno que distingamos aquí, el sublime impulso a trascender, del más vulgar impulso a destacarse, aunque es común que ambos se hallen algo mezclados, ya que casi toda trascendencia es una manera de destacarse, y en muchas ocasiones conllevan algo trascendente.


Destaque vs. trascendencia

Por lo general, la celebridad –psicológicamente– buscaría suplir con mucha fama sus carencias afectivas primordiales (o de otra índole), dado que es precisamente “una falta” –real o fantaseada–, la que lo impulsa frenéticamente en busca de notoriedad. De este modo, la celebridad en la cima de su gloria, “celebraría” ilusoriamente su completud imaginaria. En ocaciones, ciertos aspirantes a “célebres” suelen necesitar la genialidad para lograr sus propósitos, aunque en estos casos, el genio –si lo hubiere–, sería una especie de genio móvil (en cuanto a su movilidad por los diversos ámbitos mentales del saber), atento a las necesidades instrumentales de su célebre anfitrión, aunque éstas, siempre se hallarían subordinadas a aquella finalidad esencial descripta. Casi todo lo pertinente para tal fin sería válido, limitado –obviamente, en cada caso particular–, a las capacidades o potencialidades reales del sujeto y, al eventual desarrollo de alguna/s de ellas, la/s que mejor se preste/n para “celebrar” el ansiado reconocimiento.

En cambio, la persona genial; es decir, el auténtico genio, con toda su fuerza creativa, tiene ante todo una misión que cumplir –o una causa por la cual luchar–, algo “no negociable” inherente a su sentir profundo, que –sublimación mediante– busca expresar o comunicarle a sus congéneres. La celebración, si la hay, es secundaria y muchas veces no le interesa. Dicho de otro modo, no habría frivolidad en el verdadero genio, o al menos ésta no sería central. A la celebridad no le interesaría tanto el camino, como la fama en sí misma. Para el genio, el recorrido es esencial, debido a que en él despliega su creación; no quiere fama a cualquier precio. El genio puede vivir toda la vida plasmando su obra y sin obtener reconocimiento, la historia da cuenta de ello. La celebridad, sin reconocimiento, sin poder celebrar, no podría vivir mucho tiempo sin pagar seguramente un alto tributo con su salud física o psíquica, o torcerse hacia prácticas corruptas para alcanzar su meta vital.

Los genios también suelen convertirse en celebridades, aunque no son pocos los que obtienen esa consideración pública a edad avanzada, o incluso después de su muerte, pero siempre como consecuencia de su obra o legado, y no al revés.


La trascendencia en crisis

La inmortalidad de alguien sólo es posible por la transmisión perpetua de su recuerdo, que los hombres efectúan entre sí, a través de las sucesivas generaciones, aunque la inmortalidad hoy día se estaría sumergiendo gradualmente en una crisis, que tal vez se profundice en el futuro. Algunas de sus causas son:

- El crecimiento geométrico de la información y la relativización de la verdad.

- El aumento exponencial de famosos y de celebridades, al tiempo que se incrementa la dispersión subjetiva en los individuos.

La majestuosa espectacularidad de muchas presentaciones artísticas, estarían vinculadas no sólo a la desenfrenada competencia entre sus artífices (artistas, representantes, productores, publicitarios, creativos, asesores, etc.), sino también, al anhelo trascendente de sus autores. Estos procurarían dejar una huella indeleble en los ultra exprimidos cerebros de sus adeptos, para asegurar sus respectivas trascendencias, que angustiosamente intuyen próximas a desvanecerse. Tampoco sus colosales fortunas les asegurarían ese irrenunciable anhelo, debido a que en esta época de excesos, los mega-magnates también abundan.

Paralelamente, la memoria de los sujetos actuales cada vez se fragmenta más, para poder recordar algo de la infinidad de asuntos, datos e informaciones que la exuberante cultura consumista y del espectáculo le demandan. Por consiguiente, con dicha fragmentación mnémica, los individuos que componen la masa afectada, logran almacenar cada vez menos elementos, sobre más temas, y procuran además asegurarles la micro-inmortalidad, o en todo caso unas migajas de trascendencia, a las voraces y abundantes celebridades de esta era de la incontinencia.


Autor: Jorge Ballario

Extraído de: http://www.jorgeballario.com.ar/Libros.php?Codigo=59

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