Hace unos años fui de vacaciones con mi familia a Camboriú, al sur de Brasil. Luego de acomodar el equipaje en el cuarto del hotel, salí al balcón para disfrutar de la vista panorámica que seguramente se podía apreciar. Al instante me hallaba inmerso en esa misteriosa y perturbadora sensación de ya haber estado allí, cuando en verdad era la primera vez que me encontraba en esa ciudad balnearia. Recuerdo que mi perplejidad era tan intensa que me asusté. Pero traté de serenarme y me puse a practicar la asociación libre, tal como lo había hecho durante años con mi psicoanalista. Por mi mente comenzaron a fluir las similitudes entre esa nueva situación y una anterior que había experimentado algunos años antes, en otro balneario, de otro país.
Detecté cómo la realidad actual me transportaba mentalmente, como lo puede hacer la música y otras diversas experiencias; me conectaba de manera inconsciente con vivencias similares que reproducían la atmósfera mental anterior. En ambas situaciones yo estaba de vacaciones y me hallaba en el balcón del hotel de un país extranjero contemplando un paisaje similar: parte del mar y la playa, una frondosa vegetación tropical en la que se destacaban algunas palmeras, y calles por donde circulaban vehículos diferentes a los que veía en mi país. Todas estas similitudes, sumadas al clima vacacional y familiar, fueron lo bastante fuertes como para generar la desconcertante sensación de ya haber vivido ese momento, aunque por otro lado tenía la certeza de que eso no había ocurrido.


El Déjà-vu

El déjà-vu, que significa “ya visto”, es un fenómeno mental en donde el afectado cree estar repitiendo un suceso anterior, pero al mismo tiempo sabe que eso es imposible. Experimenta una vivencia singular y confusa: la de oscilar entre la realidad y la fantasía.

Lo que casi seguro ocurre es que muchas similitudes entre ambas circunstancias –las del pasado y las del presente– nos generarían la errónea sensación de estar en presencia de lo mismo, de lo ya vivido, cuando en realidad se trata de una “actualización” de resabios, elementos comunes entre ambos hechos, apenas semejantes. Esa misma “sintonía interior” con las vivencias anteriores sería la causal del déjà-vu.

Podríamos agregar: lo que se reproduce es la sensación, pero no la experiencia concreta; de ahí nuestra perplejidad, dada la falta de correspondencia entre lo que sentimos y lo que sabemos. Sucede algo análogo a lo que nos suele ocurrir cuando divisamos a alguien muy parecido a un familiar o a un amigo, pero que se halla a una distancia tal que no nos permite corroborar ni desechar certeza alguna: por momentos podemos confundirnos y creer que se trata del pariente, por momentos no. Las similitudes operarían como las evidencias en un juicio: cuando las mismas son suficientes, prueban la culpabilidad o la inocencia del acusado. Continuando con esta analogía, el déjà-vu se activaría una vez que la sumatoria de “evidentes” similitudes son suficientes para confirmar, a nivel de nuestros sentimientos, que la situación actual es la misma que otra anterior. Es decir, en ese preciso instante la “sentimos” así, pero en forma inmediata el sentimiento entra en conflicto con el saber racional que nos indica… ¡no!: en ese lugar, en esas circunstancias o con esa persona, nunca hemos estado.     

Existe una sensación también inquietante, de tener una palabra en la punta de la lengua y no poder expresarla, pero una vez que hallamos el dato exacto, dicha impresión se disipa. Es una sensación molesta y un buen ejemplo de cómo una energía psíquica que todavía no ha podido ser canalizada por la palabra puede convertirse en algo perturbador o en una cosa sin nombre: no es la palabra que “no sale”; es energía psíquica que no puede procesarse. Nos sentimos mal, estamos incómodos; nos parece que, mientras no encontremos la palabra, no vamos a poder tranquilizarnos. Y, para colmo, no cualquier palabra, sino la palabra. La palabra correcta, la adecuada, la única capaz de llevarse toda esa desagradable energía; ni siquiera un sinónimo puede lograr la plenitud expresiva.

En el déjà-vu también se disiparía el malestar no bien detectásemos lo que generó la confusión; pero, precisamente por tratarse de una situación confusa, no es de fácil resolución. En cambio, la palabra en la punta de la lengua nos orienta en el camino a seguir: sólo debemos recordar el dato faltante, y todo se normaliza.    


La transferencia

El concepto psicoanalítico de transferencia puede contribuir también a aclarar el mecanismo del déjà-vu. Dicho concepto está referido a la actualización de los sentimientos que experimenta un individuo, al recrear mental e inconscientemente, en circunstancias actuales, los personajes y hechos significativos de su pasado. En ocasiones, el proceso suele hacerse consciente, cuando la reminiscencia despertada en determinadas circunstancias, lugares o encuentros con personas en el presente suele hacernos recordar cosas casi olvidadas y mostrarnos la conexión sentimental con aquellas vivencias antiguas. El déjà-vu sería una especie de transferencia cruda en la que el sujeto percibiría parte del proceso, pero no lo suficiente como para poder comprender lo que ocurre. Esta contrariedad subjetiva sería la generadora de la característica sensación de confusión o perplejidad.

 Aventurándonos un poco más en el marco del psicoanálisis, podemos agregar que en la base de la experiencia del déjà-vu retornaría algo no asimilado simbólicamente en su momento. Es decir, que algo del orden de lo real, a través de una fugaz alucinación, reaparece en forma inesperada y deja al sujeto turbado.    

Quiero aclarar, que este tipo de alucinaciones fugaces –al igual que los demás estados de conciencia alterada, que describiré– hasta cierto punto, forman parte de las eventualidades psicológicas normales. En cambio, en los individuos afectados de psicosis, por ejemplo, dichos estados suelen ser mucho más frecuentes e intensos, y además son otros los mecanismos psíquicos que los promueven.


Otras realidades análogas 

Las realidades subjetivas que expondré ahora, más el déjà-vu descrito antes, tienen un común denominador: se hallan influenciados en mayor o menor grado por el proceso primario. Por ende, pueden contribuir para que podamos comprender algo de lo que se suele rotular como “estados de conciencia alterada”. Muchos de estos, al menos hasta un determinado límite, se explicarían mediante una superposición, más pronunciada que lo habitual, de las dos lógicas diferentes que gobiernan nuestros procesos mentales: sintéticamente, el proceso primario caracteriza al sistema inconsciente, en cambio el proceso secundario es el propio del sistema preconsciente-consciente. En el proceso primario, a través de los mecanismos de la condensación y el desplazamiento, la energía psíquica circula en forma libre y puede pasar sin obstáculos de una representación mental a otra. El proceso primario se encuentra asociado al principio de placer, y el proceso secundario al principio de realidad. En el proceso secundario la energía se halla ligada y fluye de manera controlada, conectándose a determinadas representaciones mentales de manera más perdurable; paralelamente, la satisfacción es pospuesta hasta tanto se corroboren otras vías aceptables para lograrla.      
 
La realidad onírica es la vinculada a lo alucinado por cada uno de nosotros mediante la actividad simbólica, sentimental e inconsciente que se expresa en nuestros sueños. Durante la vigilia, restos de la actividad onírica pueden entremezclarse con la realidad racional diurna y generarnos sensaciones raras, místicas o incomprensibles. El influjo de la realidad onírica suele prolongarse al despertarnos, o directamente puede despertarnos. De manera progresiva va disminuyendo su influencia hasta minimizarse, pero sin desaparecer en su totalidad, al tiempo que se va apoderando de nosotros la realidad diurna. Ya en el transcurso del día, es posible que irrumpa una variante que Sigmund Freud denominó: “ensoñación diurna”. La misma está referida a las fantasías de la vigilia, sobre las que tenemos un mayor control, y que suelen estar provocadas por los sucesos cercanos del ambiente o por estímulos internos.      

Volviendo al momento del despertar: la perpetuación de nuestra realidad onírica como una especie de cuerpo extraño que persiste en lo mental, dificulta por un tiempo que rearmemos nuestra identidad. En cambio, cuando logra imponerse en plenitud la lógica racional, nos reencontramos con nosotros mismos.

En la realidad onírica plena –es decir, mientras soñamos–, se suprimen momentáneamente la temporalidad y los condicionamientos lógico-racionales, y así se produce una especie de caricatura simbólica de la realidad diurna de la persona, con significación inconsciente. Por tal motivo, el soñante queda agobiado o perplejo, a la vez que alienado en esa realidad que desconoce, dado que en tales condiciones se convierte en una “caja de resonancia” de sus asuntos inconscientes.

Una variante positiva de la influencia de la vida onírica sobre la lógica racional diurna, se da cuando el sujeto está muy entusiasmado con algo muy significativo para sus ilusiones. En tal caso, luego de abolirse en forma parcial lo temporal, resurgiría en él lo caricaturesco, y se re-unirían en ese exaltado momento prácticamente sólo los hitos potenciales añorados. En tales condiciones, la estructura de un delirio gratificante se apodera del sujeto, quien goza de la dichosa situación hasta que la creciente fuerza ordenadora de la lógica racional empieza a separar de nuevo los mencionados hitos delirantemente reunidos. Entonces, la posición mental eufórica e ideal,  que había condensado sólo lo bueno, comienza a ceder, y, por contraste, a veces le sobreviene al afectado una transitoria depresión.

En este terreno, idealmente dos estados son posibles: a) el positivo, en el cuál al diluirse la estructurante temporalidad y los condicionamientos lógicos-racionales, y condensarse todo lo bueno, tiene lugar –tal como vimos– el “delirio eufórico” o a la megalomanía; y b) el negativo, en el cuál, al contrario del anterior, la re-unión recae sobre todo lo malo. En este caso, el sujeto experimenta lo que Freud denominó “delirio de insignificancia”, propio de la depresión. 


 

Autor: Jorge Ballario

Extraído de: http://www.jorgeballario.com.ar/Libros.php?Codigo=60

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