A raíz del visionado de un pequeño fragmento del maravilloso programa REDES (que tenéis colgado en nuestra web ) he empezado a reflexionar sobre lo confuso que nos resulta el tiempo según vamos cumpliendo años.

Es curioso remontarnos a nuestra infancia y apreciar cómo en muchos de aquellos momentos podíamos percibir el paso de tiempo como sumamente lento, casi como una eternidad. Al igual que según vamos creciendo, la velocidad parece acelerarse de forma vertiginosa, dejando en la memoria pequeños fragmentos o recuerdos, que por alguna razón nos han impactado.

Hace años que empecé a pensar a partir de ciertas lecturas que el tiempo como tal no existe, es una realidad comunmente aceptada para dar sentido a nuestra vida en forma de pasado, presente y futuro. Pero si  nos paramos a apreciar todos esos momentos que tenemos almacenados en la memoria, es difícil discenir cuánto tiempo de duración tiene cada recuerdo, si algunos ocurrieron antes o después y sobre todo, porque algunos han permanecido y otros han desaparecido casi por completo.

La clave de los recuerdos reside en las emociones asociadas a los mismos que, al fin y al cabo, acaban determinando su "permiso de residencia" dentro de nuestra mente. Un acontecimiento que nos haya conquistado en términos emocionales, tendrá reservado un puesto de honor en nuestra memoria, al igual que aquello que hacemos de forma rutinaria, acaba por desaparecer en función de la simplificación que acabamos haciendo de ciertas actividades, que por semejantes, no generan ninguna emoción.

Es evidente que cuando somos jóvenes, y con ello me refiero a la horquilla de edad en la que la mayoría de la gente vive sin estabilizarse, (alrededor de los 25 años en términos españoles), las ocasiones de vivir emociones nuevas son constantes. De esta forma, la posibilidad de emocionarse existe de mayor manera conformando un aumento del número de recuerdos que pervivirán en nuestra memoria y haciendo, con ello, que la vida parezca que transcurre más despacio o por qué no decirlo, mejor aprovechada.

Tomemos como ejemplo, cuando vamos a hacer turismo. Muchas personas, cuando se encuentran en una ciudad en la que sólo van a pasar 2 ó 3 días, tienden a intentar sacar el máximo partido a los días y las noches, haciendo de ello unas experiencias muy intensas que perduran en su memoria con mucha intensidad. En cambio, si ese fin de semana hubiesen estado en su casa, tal vez no hubiesen hecho nada fuera de su rutina habitual, convirtiendo esos días en candidatos directos al olvido y con ello, a un paso fugaz por nuestra vida.

La cuestión entonces reside en romper con nuestras rutinas, en alcanzar un estado de novedad, de activación para nuestros sentidos que nos impida caer en el pozo de lo habitual.  No sólo sirve con quejarse o mirar hacia atrás pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor (sobre todo el de nuestra juventud), sino que al igual que somos capaces de activar nuestro cerebro con los ahora famosos "brain-training" ( y antes los crucigramas), seguimos siendo capaces de romper nuestras rutinas y entrar en un proceso continuo de "life-training".

Si convertimos cada día en algo diferente, es más que probable que no consigamos ralentizar el tiempo (ya que sólo existe en nuestra mente), pero de seguro que conseguiremos sentirlo de forma mucho más intensa y haremos que no se escape entre nuestras manos como la arena de nuestro propio reloj.

Rompamos con el idealismo y convirtámoslo en una realidad. Es más fácil de lo que en realidad pensamos, sólo se trata de dejar de pensarlo, animarse y hacerlo. Seremos mucho más felices sintiendo que la vida no ha pasado a nuestro lado, sino que nos hemos sumergido en su corriente y nos ha dejado impregnados de intensos recuerdos.

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El Tiempo Sólo Existe en Nuestra Mente by Ignacio Calvo Rodríguez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
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