Antonio coge el móvil y marca atropelladamente el número de su mujer. Está muy nervioso. Ya antes intentó llamarla pero el móvil estaba apagado…“No quiere hablar conmigo, no me quiere, me va a dejar” piensa, y estos pensamientos lo bombardean, no le dejan respirar, le atormentan porque “él sin ella no puede vivir”, la sangre se agolpa y le aprisiona la cabeza y allí no hay otra cosa que el eco de estas ideas que lo golpean; tampoco puede dejar de imaginársela con otro hombre, quizás yendo a la casa de él, se imagina cómo él la empieza a besar y a levantarle la falda…Ella no responde - el hombre, la falda – “¿por qué no coge el teléfono?” – “no me quiere, no soy nada” – “¿quieres coger el teléfono?” – el hombre la acaricia y ella gime de placer – y Antonio estalla el móvil contra el suelo con una violencia brutal, está furioso pero, momentáneamente este atronador bombardeo de ideas se calma, esta catarsis violenta le alivia y es el momento en que, más fríamente, comienza a imaginarse la conversación que tendrá por la noche con su mujer, los reproches, las órdenes burdamente enmascaradas con amor, la manipulación… que le sirven para manejar su indefensión, para controlar, para asegurarse de que ella no le va a dejar porque, según piensa él, él no tiene mucho que ofrecer, es una víctima, de su familia, de la tienda, de su trabajo, y no resulta tan interesante como muchos otros hombres…”no soy nada, soy un fracasado”. Así, tiene que atarla, controlarla, porque teme que ella se dé cuenta de lo que él, en su fuero interno, cree ferozmente que es: alguien sin valor.

 

La película muestra ambas partes, sin embargo, la profundidad psicológica es mayor en el caso del maltratador. Muestra sus penurias, sus miserias, de alguna forma las “causas” del maltrato o un ejemplo de esta evolución. El maltratador se cree a sí mismo una víctima, todo está en su contra y su mujer intenta ponérselo más difícil.

Se ve la toma de conciencia por parte del maltratador de su problema, pero también se ve cómo esto se limita a ser una estrategia para convencer a la mujer de que “va a cambiar” ya que esta “toma de conciencia” aparece después de que la mujer haya decidido que no aguanta más y, asustada, huya. Por lo tanto no es una auténtica toma de conciencia (estaría en la fase de precontemplación según el modelo de Prochaska y DiClemente y no en la de contemplación). Él no tiene ningún problema, él es así, la culpa es del mundo (de su mujer que hace cosas que no forman parte de una relación “normal”, de su hermano que se aprovecha y se ríe de él, etc) Con lo cual, esta culpabilización externa se une a la pésima valorización que él tiene de sí mismo dando lugar a esta forma agresiva, manipuladora y violenta de autoafirmación.

Debido a la triste actualidad del tema se han publicado diversos artículos que lo tratan. Leí uno en el que se analizaba sociológicamente las causas. Decían que el hombre tiene miedo. Se han perdido los esquemas clásicos en los que el hombre tenía el poder y la mujer debía, pasivamente “tragar” con lo que fuera ya que no disponía de fuerza productiva y, por lo tanto, de independencia económica. Esto ha cambiado y el hombre que ha crecido en ese modelo, se encuentra perdido, no encuentra su posición, ve que no tiene el poder que tenía antes. Tiene miedo y reacciona agresivamente. Ve que la mujer no le necesita para sobrevivir y que, por lo tanto, no tiene que soportar injusticias. Y esto lo descoloca, le hiere en el orgullo pero, más allá de esto, no sabe qué se espera de él ni lo que tiene que hacer.


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