Su familia era tan aburrida que decidió ser presidente…
Facundo Cabral


Recientes estudios acerca de los motivos que tienen los electores para escoger a sus candidatos muestran que lo más importante el contraste entre los valores de la persona y la imagen del candidato (Caprara, Schwartz, Cappana, Vecchione y Barbaranelli 2009). Los equipos de propaganda saben que los mensajes deben ser congruentes con la imagen del candidato, también reconocen que la mejor manera de derribar a un contrincante es develar la inconsistencia de los valores que pregona.

En una investigación experimental sobre el impacto del primer debate entre Nixon y Kennedy, Druckman (2003) demostró la importancia de la personalidad de los candidatos en el reflejo de una postura que conlleve a la audiencia a confirmar la congruencia entre lo que cree y lo que recibe. La Psicología de la Propaganda promueve la fabricación de una personalidad de los candidatos para generar simpatía en los votantes, por ejemplo, para la elección de Clinton se consideró el impacto de la actitud conservadora hacia la familia en los estadounidenses, por lo que se lo presentó como un esposo ejemplar. Cuando se publicó el escándalo sexual de Clinton, ambos pilares de su imagen fueron derribados y rápidamente se produjo el descrédito (Williams, 2000).


Los candidatos al convertirse en personajes públicos deben renunciar a su vida privada y forzarse en mantener la imagen que han promovido, caso contrario, pasan de salvadores a villanos. En nuestro país aún se recuerda el escándalo de la pareja Palenque-Medina, que derivó en el deterioro de la imagen pública de la candidata a alcaldesa y por ende a la debacle del partido del “Compadre”.

Existen cuatro posibilidades a la hora de elegir candidatos: la primera, el grupo social define a su postulante; segunda, la propia persona se moviliza para manipular al grupo y ser elegido; tercera, el sujeto se ofrece voluntariamente; cuarta, impone su candidatura.

En este artículo no consideraré al candidato elegido por el grupo, sino a aquellos que se ofrecen o manipulan para vivir la esperanza del poder.

¿Qué lleva a que una persona decida presentarse como candidato a las elecciones presidenciales? Considero que existen dos tipos básicos de personalidades asociadas con la búsqueda de poder: la personalidad narcisista y la altruista.

Se entiende por narcisista a un trastorno de la personalidad caracterizado por sentimientos de grandiosidad. Los narcisistas requieren ser admirados ya que se asumen como imprescindibles, exageran sus logros y capacidades, se preocupan por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amoríos imaginarios. Con los demás son explotadores, utilizan a las personas para beneficio propio. Son incapaces de reconocer los sentimientos y necesidades de los otros, además que creen que son víctimas de la envidia. Se muestran arrogantes y soberbios (Pinto, 2005; Oldham, Skodol y Bender, 2007)

Existen dos tipos de narcisismo: el benevolente y el maligno. El primero lo que busca es admiración y para ello es capaz de mentir, pero teme ser descubierto. El maligno, en cambio es una persona que usa a los demás para encaramarse al poder, no considera las necesidades de los otros ni los intereses de su propio grupo, lo único que quiere es adueñarse del mundo para gobernarlo según sus creencias. El narcisista maligno puede además poseer rasgos antisociales, caracterizados por la falta de conciencia moral, siendo capaz de matar sin sentir remordimiento (Kernberg, 1987).

Detrás de la fachada de arrogancia y desprecio hacia los demás se esconde una persona frágil con un vacío existencial abismal (Dimaggio, Petrilli, Fiori y Mancioppi, 2008). Se trata de personas que han tenido una infancia desdichada a la cual no han podido darle un sentido benéfico. Como consecuencia de sus carencias afectivas y del maltrato recibido poseen intensos sentimientos de odio y venganza. El sentido de su existencia es el de reivindicación ante el mundo para resolver la ausencia de valoración y demostrar a sus cuidadores de su infancia lo que realmente valen.

La futilidad de la búsqueda de reconocimiento se manifiesta en que al no haber recibido legitimidad de niños no son capaces de darse cuenta cuando son valorados en la adultez, por lo que sienten una necesidad incapaz de ser satisfecha de alcanzar cada vez más logros. La soledad y tristeza son inmensas, nada puede otorgarles satisfacción emocional, lo único que tienen es su ego.

El ego narcisista es la máscara de la nada. Las personas  conciben al ego como un recurso de relación con el mundo, saben que detrás se encuentra la esencia de ellas mismas, el éxito no es un fin, es un medio, mientras que en la personalidad ególatra el logro es un fin en sí mismo.

El narcisista benevolente buscará el poder para ser admirado, no le importará la ideología o las propuestas de cambio social y/o económico, lo que quiere es ser reconocido por los demás, de ahí que cuando logra tener éxito, lo que hace es deslumbrar a los demás, le encanta el espectáculo y estar en boca de todos. Debido a que en su infancia no fue valorado, solamente existía si alcanzaba las metas esperadas por sus progenitores, por ejemplo: sólo se lo reconocía si obtenía buenas calificaciones en la escuela.

De niño tuvo que negar sus potencialidades para poder existir, de adulto no tendrá escrúpulos a la hora de cambiar de posición política, lo que le interesa es ser valorado no importándole la moral ni la situación de aquellos que antes lo apoyaron (Linares y Campo, 2000).

El narcisista benevolente se presenta como un candidato atrevido y arrogante, pero si ostenta el poder dejará traslucir su incapacidad y se mantendrá aferrado a sus fantasías de logros en el pasado; no es raro en este tipo de personalidad la presencia de la pseudopatía (mentiras contadas como certezas), es capaz de falsificar documentos que acrediten formación académica inexistente y contar historias de contactos con personajes célebres jamás ocurridas. Con el tiempo no le quedará más que claudicar ante la decepción que genera en sus acólitos, es probable que para evitar la vergüenza, renuncie o cambie de bando partidario.

La personalidad narcisista maligna anhela el poder porque no fue reconocido  como persona en su infancia. Fue maltratado o testigo del maltrato de su madre.  Esas experiencias sembraron en su fuero interior un resentimiento que se plasmará en planes de venganza, querrá aniquilar a los responsables de su sufrimiento, el odio guía sus pasos. Ha imaginado que el mundo será armónico únicamente si dejan de existir las personas que detesta, utilizará su inteligencia y retórica para convencer a sus acólitos de que la solución a todos los problemas radica en la aniquilación de sus enemigos.

Si a la estructura narcisista maligna se añaden rasgos paranoicos y/o antisociales, el resultado será un candidato psicópata capaz de asesinar si es necesario para sus planes, tal fue el caso de Hitler (Stierlin, 1988) y el de Stalin (Garrido, 2004), en ambos casos es notable la capacidad de convocatoria y convencimiento de las masas. El psicópata político se caracteriza por su notable habilidad de fingimiento, puede conmovernos con un discurso, mostrarse incapaz de maldad y pleno de benevolencia, la gente sentirá empatía por sus sentimientos y fácilmente coincidirá con sus ideas vengativas.

Los rasgos paranoicos se refieren a la tendencia injustificada de identificar las conductas de los demás como amenazadoras o humillantes, se trata de una extrema susceptibilidad sin presencia de alteraciones de la conciencia ni psicosis (Nicoló y Nobile, 2008)

El psicópata encandila con su carisma, puede hacer olvidar sus errores del pasado, como ocurrió con el famoso tele evangelista Jimmy Swaggart al ser atrapado saliendo de un prostíbulo, tuvo el descaro de explicar su conducta como parte de su experiencia profética: “Dios lo puso a prueba” (Meier, 2004). No existe sentimiento de culpa ni conciencia moral: bueno es aquello que coincide con sus intereses.

Muchas de las personas altruistas, al igual que los narcisistas tuvieron una infancia sombría (Gardner y Laskin, 1998), lo que las diferencia es el sentido que le dieron al sufrimiento (Frankl, 2003; Cyrulnik, 2006). Es factible enunciarlas como personalidades resilientes, entendidas como aquella persona capaz de darle una dirección positiva a sus heridas emocionales (Cyrulnik, ob.cit.). Masten, Best y Garmezy (1990) describen a la personalidad resiliente como aquella que tenía la mayoría de probabilidades para desarrollar un trastorno psicológico y que en vez de ello se constituyen en benefactores de los demás.

Los altruistas a diferencia de los narcisistas, son personas generosas, orientadas hacia el bien común, son capaces de sacrificarse a sí mismas antes que poner en riesgo la vida o el bienestar de los demás. A diferencia de los psicópatas, poseen un alto grado de conciencia moral, por ejemplo Gandhi era hipercrítico con sus propias transgresiones morales (Gardner y Laskin, ob,cit.). Se trata de seres humanos que se sobreponen a las vicisitudes nefastas de su vida gracias al mantenimiento de sus convicciones (Martin Luther King, en: McErlrath, 2007; Jesús en: Pagola, 2007).

La preocupación por los demás sólo es posible si se dan dos condiciones: el deber moral que se opone al privilegio (Kitwood, 1996) y la posibilidad de comparar el sufrimiento del otro con el sufrimiento de uno mismo (Frankl, 1985).

El sentido de la vida se forja desde la auto trascendencia, es decir que se puede soportar cualquier daño físico o psicológico cuando se plantea una meta que está más allá del sí mismo, existe la posibilidad de desprendimiento del ego e inclusive morir por el ideal. Los altruistas no harán nada que vaya en contra de la ética, sobre todo no matarán a nombre de sus ideas, promulgarán cambios sociales desde posturas pacifistas orientadas por el diálogo y el respeto a las ideas.

Parafraseando a Confucio: “en un país pobre como Bolivia, debe dar vergüenza ser rico”, motivo por el que es urgente la presencia de candidatos altruistas, desprendidos de intereses personales, interesados en disminuir el sufrimiento que deviene de la pobreza. Candidatos que no piensen en la Patria ni en una posición ideológica, sino en la necesidad de las personas de carne y hueso que habitan nuestro territorio.

Vivimos un momento histórico que ofrece oportunidades al arribo de psicópatas, paranoicos y narcisistas. El fomento del racismo y el regionalismo son provocaciones que difícilmente puede resistir el hambre de los resentidos. La afluencia de inescrupulosos y oportunistas atiborra las puertas del poder, el ansia de venganza y la necesidad de gloria invaden los corazones huecos de las personas desamoradas. Fácilmente pueden presentarse candidatos narcisistas porque aprovechan cualquier oportunidad que el contexto les ofrezca para postular al poder.

Los psicópatas tienen la habilidad de hechizar con su encanto personal y cautivar al pueblo con promesas idealistas. Se presentan disfrazados de corderos y al arribar al poder se muestran como hienas hambrientas de gloria. Pueden plasmar ideas generosas y mostrarse amables e inclusive chistosos, pero detrás de la máscara se esconde el monstruo ambicioso de gloria y venganza.

El movimiento nazi se instaló en medio de una crisis de identidad y valores del pueblo germano, la juventud carecía de horizonte porque los adultos estaban deprimidos por la derrota y por las carencias. Hitler y su grupo de psicópatas y paranoicos ignorantes aprovecharon el vacío llenándolo de símbolos, ideología nacionalista y odio hacia los judíos. Los que se oponían a sus ideas eran apresados o asesinados, estaba prohibido contradecirlos. Hitler se encargó de amplificar su carisma de caudillo y Goebbels de armar la propaganda (Abel y Childers, 1986).

En nuestro país debemos evitar la derrota de la inteligencia por parte de los impulsos primitivos de la lucha del poder. Los electores debemos analizar con responsabilidad las características de los candidatos, verificar la congruencia entre sus estilos de vida, acciones políticas y sus propuestas. El mejor candidato es aquél que no permite que su ego le arranque la posibilidad de seguir siendo persona y que demuestre un desprendimiento sincero para el servicio a su pueblo.


Referencias


•    Abel, Th., Childers, Th.  (1986) Why Hitler Came into Power. Nueva York: Harvard University Press.
•    Caprara, G.V., Scwartz, Sh., Cappana, C., Vecchione, M., Barbaranelli, C.  (2009) Personality and Politics: Values, Traits, and Political Choice. En: Political Psychology. Vol. 27, No 1, págs. 1-28.
•    Cyrulnik, B.  (2006)  Los patitos feos: la resiliencia, una infancia infeliz no determina la vida. Barcelona: Gedisa.
•    Dimaggio, G., Patrilli, D., Fiori, D., Mancioppi, S.  (2008) El trastorno narcisista de la personalidad: la enfermedad de la “vida grandiose”. En: Semerari, A., Dimaggio, A. (editores): Los trastornos de la personalidad, modelos y tratamiento. Barcelona: Desclée de Brouwer.
•    Druckman, J. (2003)  The Power of Television Images: The First Kennedy-Nixon Debate Revisited. En: The Journal of Politics. No 65, págs. 559-571.
•    Frankl, V. (1985)  El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder
•    Frankl, V.  (2003)  Lo que no está escrito en mis libros: memorias. Buenos Aires: San Pablo.
•    Gardner, H., Laskin, E.  (1998)  Mentes líderes: una anatomía del liderazgo. Barcelona: Paidós.
•    Garrido, V.  (2004)  Cara a cara con el psicópata. Barcelona: Ariel.
•    Kernberg, O.  (1987) Trastornos graves de la personalidad. México DF: Manual moderno.
•    Kitwood, T.  (1996) La preocupación por los demás: una nueva psicología de la conciencia y la moralidad. Barcelona: Desclée De Brouwer.
•    Linares, J.L., Campo, C.  (2007) Tras la honorable fachada. Los trastornos depresivos desde una perspectiva relacional. Barcelona: Paidós.
•    McElrath  (2007) The everything Martin Luther King Jr. book: The struggle. The dream. The legacy. Everything Books.
•    Masten, A.,  Best, K.,  Garmezy, N.  (1990) Resilience and development: Contributions from the study of children who overcome adversity. En: Development and Psychopathology, Nº2 , págs. 425-444.
•    Meier, A.  (2004)  Conflict and the Power of Apologies. En: Philologie in Netz Vol 30,
•    2004, Págs. 1-17
•    Nicoló, G., Nobile, M.  (2008) El modelo del trastorno paranoide de la personalidad. En: Semerari, A., Dimaggio, A. (editores): Los trastornos de la personalidad, modelos y tratamiento. Barcelona: Desclée de Brouwer.
•    Oldham, J., Skodol, A.E., Bender, D., S.   (2007)  Tratado de los trastornos de la personalidad. Barcelona: Elsevier/Masson
•    Pagola, J.A.  (2007)  Jesús: aproximación histórica. Madrid: Editorial PPC
•    Pinto, B.  (2005)  Porque no sé amarte de otra manera. Estructura individual, familiar y conyugal de los trastornos de la personalidad. La Paz: Departamento de Psicología de la Universidad Católica Boliviana San Pablo.
•    Stierlin, H.  (1988) Adolfo Hitler: una perspectiva familiar. Buenos Aires: Nadir.
•    Williams, B. (2000) The collapse of media gatekeeping and the Clinton–Lewinsky scandal. En: Journalism. Vol. 1, No 1, págs. 61-85


Autor: Dr. Bismarck Pinto Tapia

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