Cuando conocí la Gestalt me costaba entender la insistencia en lo vivencial, lo experiencial, no sabía qué querían decir estas palabras y a pesar de las explicaciones el tema no me quedaba claro. Con el tiempo aprendí que lo que nos marca es la experiencia vivida, son las experiencias en relación al amor las que nos predisponen a la salud o a la neurosis.

En algún momento, sin saberlo sacamos de esas experiencias concusiones, ideas sobre lo que nos rodea, sobre nosotros mismos y nuestra historia. Ideas que actúan sobre nosotros condicionando lo que vivimos, marcando nuestra propia experiencia de la realidad. Ideas o conclusiones que se vuelven resistibles por su peso y son difíciles de mover, de cambiar. Son poderosas porque tienen una “historia” que las sustentan. A veces no somos conscientes de ellas pero el efecto de su existencia se puede comprobar, en lo que proyectamos, en nuestros introyectos. Otras veces conozco bien esas ideas y puede que confíe en ellas o que las encuentre ridículas, pero son mías, he pagado un precio por ellas y no es fácil dejarlas.

Puedo escuchar miles de ideas más útiles y convenientes, puedo intentar pensar de otra manera, puedo hablar de ello y entender muchas cosas… y puede que esto no cambie nada en mí. Porque me falta esa marca en el cuerpo y en el alma que deja la experiencia vivida. Es una nueva experiencia la que puede convertirse en una nueva idea que me ayude. Por eso la Gestalt como terapia experiencial, se centra en la experiencia vivida en el momento presente, en el aquí y ahora, para despertar del sueño en el que a veces nos mantenemos para no actuar y que nos lleva a seguir diciendo “no puedo”. Para que los cambios deseados se produzcan tengo que hacer algo, lo que pueda… poco a poco… tomar conciencia, moverme en alguna dirección nueva… y es posible que entonces algo empiece a cambiar en mí. Y claro que me doy golpes, pero voy aprendiendo a confiar en mí. Y sigo intentado, para que no me pase como a la pulga amaestrada que se dio tantas y tantas veces contra el cristal, que aprendió a base de golpes a no saltar más allá y cuando le quitaron el cristal, siguió saltando sólo el recorrido conocido para no hacerse daño contra un cristal, que ya no existía.

 


 

Autora: María Laura Fernández

Psicóloga Col. Nº 14220

www.marialaurafernandez.com

↓↓↓↓↓Descargar↓↓↓↓↓