Psicología General

Llega un punto a lo largo del ciclo vital en el que nos preocupan cuestiones como la identidad: ¿Quién seré? ¿Quién soy? ¿Quién he sido? Esta cuestión se nos puede plantear como una sentencia angustiante o como una tranquila reflexión dependiendo de cómo hayamos afrontado el envejecimiento durante toda nuestra vida, ya que en todo momento envejecemos y no únicamente en la transición de la edad adulta a la vejez propiamente. Sin embargo, habitualmente suele ocurrir que es en este momento en el cual tenemos mayor conciencia del proceso de envejecimiento.

Antonio coge el móvil y marca atropelladamente el número de su mujer. Está muy nervioso. Ya antes intentó llamarla pero el móvil estaba apagado…“No quiere hablar conmigo, no me quiere, me va a dejar” piensa, y estos pensamientos lo bombardean, no le dejan respirar, le atormentan porque “él sin ella no puede vivir”, la sangre se agolpa y le aprisiona la cabeza y allí no hay otra cosa que el eco de estas ideas que lo golpean; tampoco puede dejar de imaginársela con otro hombre, quizás yendo a la casa de él, se imagina cómo él la empieza a besar y a levantarle la falda…Ella no responde - el hombre, la falda – “¿por qué no coge el teléfono?” – “no me quiere, no soy nada” – “¿quieres coger el teléfono?” – el hombre la acaricia y ella gime de placer – y Antonio estalla el móvil contra el suelo con una violencia brutal, está furioso pero, momentáneamente este atronador bombardeo de ideas se calma, esta catarsis violenta le alivia y es el momento en que, más fríamente, comienza a imaginarse la conversación que tendrá por la noche con su mujer, los reproches, las órdenes burdamente enmascaradas con amor, la manipulación… que le sirven para manejar su indefensión, para controlar, para asegurarse de que ella no le va a dejar porque, según piensa él, él no tiene mucho que ofrecer, es una víctima, de su familia, de la tienda, de su trabajo, y no resulta tan interesante como muchos otros hombres…”no soy nada, soy un fracasado”. Así, tiene que atarla, controlarla, porque teme que ella se dé cuenta de lo que él, en su fuero interno, cree ferozmente que es: alguien sin valor.

Un sentimiento muy frecuente entre los clientes que acuden a la consulta de los profesionales de la psicología es un sentimiento de tristeza, de desesperanza: viven un vacío interior, con una profunda insatisfacción y decepción con la vida que llevan.

A raíz del visionado de un pequeño fragmento del maravilloso programa REDES (que tenéis colgado en nuestra web ) he empezado a reflexionar sobre lo confuso que nos resulta el tiempo según vamos cumpliendo años.

Es curioso remontarnos a nuestra infancia y apreciar cómo en muchos de aquellos momentos podíamos percibir el paso de tiempo como sumamente lento, casi como una eternidad. Al igual que según vamos creciendo, la velocidad parece acelerarse de forma vertiginosa, dejando en la memoria pequeños fragmentos o recuerdos, que por alguna razón nos han impactado.

El humano desde tiempos inmemoriales,  ha tenido necesidad de agruparse para cazar, trabajar, fiestear, jugar… y de esa manera, trasmitir conocimientos y tradiciones a los demás integrantes de su grupo. Funciona en colectivo porque él es un ser social.  Ser  solitario, anacoreta, asceta,  eremita o ermitaño es poco común en la sociedad. Sin embargo, hay personas que por razones religiosas, filosóficas, o por motivos emocionales, o artísticos deciden vivir al margen de la sociedad.  Algunos filósofos griegos de la antigüedad  llegaron a practicarla y sostenían que había que vivir aislado para ser feliz.
 

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