Macho y hembra: a cada uno lo suyo

Freud dice que “modificando una conocida frase de Napoleón el Grande, pudiera decirse que la anatomía es el destino”, y este libro profundiza esta idea demostrando como la pija y la concha, determinan, hasta en los rasgos más espirituales, la personalidad del macho y de la hembra.

Virtudes de la obscenidad

El lenguaje de la voluptuosidad íntima

En Las Malas Palabras el lenguaje obsceno es sometido por primera vez a la mirada escrutadora del psicoanálisis que nos descubre su último secreto. Y nos revela así el enorme valor que estas voces interdictas tienen en la vida amorosa de hombres y mujeres tanto como en la “cura de las palabras” ideada por Freud. A la vez el, el autor nos guía en un apasionante viaje a través de la literatura, donde oímos el rico elenco de las “malas” palabras en boca de Rabelais, Quevedo, Mozart, Voltaire, el marqués de Sade, Joyce, Lawrence… Una obra llena de sorpresas, verdaderamente subyugante.


 

CAPÍTULO: Las Malas Palabras

Porque a pesar de todo cuanto se haga y diga, nuestras semejanzas con el salvaje son todavía mucho más numerosas que nuestras diferencias…

Sir James G. Frazer (La rama dorada, Cap. XXIII, 1922)

I

Nos sentimos sorprendidos cuando descubrimos que los pueblos primitivos tienen prohibido pronunciar ciertas palabras. Son las llamadas palabras tabú. Tabú es una palabra de origen polinesio. Tiene dos sentidos opuestos: sagrado o consagrado; e inquietante, peligroso, prohibido o impuro. Es todo lo que habitualmente nos despierta un «temor sagrado». El antropólogo Sir James George Frazer (1854-1941) enseña en su obra magna, The Golden Bough (1922), que:

Incapaz de diferenciar entre palabras y objetos, el salvaje imagina por lo general que el eslabón entre un nombre y el sujeto u objeto denominado no es una mera asociación arbitraria e ideológica sino un verdadero y sustancial vínculo…

Los nombres personales; los nombres de parientes, especialmente los de las personas más íntimamente relacionadas por la sangre como esposos, suegros, suegras, yernos, nueras, cuñados; los nombre de los muertos; de reyes y otras personas sagradas, y los nombres de los dioses caen bajo la interdicción de este singular tabú. No existe comunidad primitiva donde no impere alguna de estas prohibiciones: Desde Siberia a la India meridional; desde los mongoles de Tartaria a los tuaregs del Sahara; desde el Japón al África oriental; en las Filipinas, en las islas de Nicobar, de Borneo, de Madagascar y Tasmania, y en múltiples tribus del continente americano desde el Atlántico al Pacífico. La violación del tabú constituye un acto de impiedad que origina severas consecuencias. Perturba y conmueve profundamente el alma del primitivo. Las sanciones van desde la pena de calabozo, como en Siam, hasta la pena de muerte entre los guajiros de Colombia o en Madagascar, donde se juzga a los culpables por felonía, un crimen capital. En tiempos antiguos en Tahití seguían el camino del patíbulo no sólo el temerario que pronunciaba la palabra prohibida sino toda su familia… Incluso en la civilizada Grecia antigua estaba prohibido pronunciar el nombre de los sacerdotes que intervenían en los misterios eleusinos en honor de la diosa Démeter, divinidad de la vegetación y la tierra. Luciano (c.130-c.200), escritor satírico griego, relata cómo observó arrastrar ante el tribunal policíaco a un impúdico que había osado nombrar a tales augustos personajes. Los antiguos romanos tampoco estaban exentos del tabú. Como compartían también la creencia en la virtud mágica de los nombres, el de la deidad protectora de Roma se conservaba en profundo secreto.

Indudablemente, frente a la concepción materialista que los salvajes tienen de la naturaleza de las palabras, experimentamos una indefinida pero segura sensación de superioridad. Sabemos que las palabras son sólo el nombre de las cosas. Admitimos que se prohíba realizar ciertas acciones, pero… ¡nombrarlas! Es como si durante el imperio de la famosa «ley seca» en los Estados Unidos se hubiera prohibido no sólo vender whisky sino también leer en voz alta el marbete de las botellas. Sentimos asombro pero también paternal comprensión por estas curiosas peculiaridades de la mente primitiva, porque como hombres civilizados distinguimos certeramente entre la realidad y las palabras… ¿O no?

II

Vi baccio mille volte. La mia anima baccia la vostra, mio cazzo, mio cuore sono innamorati di voi. Baccio el vostro gentil culo e tutta la vostra persona.

La cita corresponde a una carta amorosa de diciembre de 1745 (Lettres d’amour de Voltaire á sa niéce, París, 1957), escrita en italiano por Voltaire (1694-1778), el filósofo francés. Traducida al castellano significa:

Te beso mil veces. Mi alma besa la tuya, mi pija, mi corazón están enamorados de ti. Beso tu lindo culo y toda tu persona.

Sin duda la carta nos sorprende. Por supuesto que es natural y propio de una gran tradición expresar la pasión amorosa epistolarmente, aunque tal vez no lo sea tanto entre filósofos. Pero no estamos acostumbrados a la manifestación franca de sentimientos obscenos, al menos entre gente respetable. Hemos aprendido que el erotismo puede insinuarse pero no declararse abiertamente en el lenguaje. Por ello la palabra pija nos conmueve fuertemente, más todavía que la inquietante palabra culo. No tenemos el hábito de su lectura en escritos serios y experimentamos una sensación de turbadora sorpresa, de malestar indefinido, de rechazo, tal vez de vergüenza y acaso… ¿también de placer?

Existen otras palabras aceptadas, tal vez sea mejor decir toleradas, para mencionar las partes impúdicas del cuerpo. Sustituyamos, entonces, pene por pija y trasero por culo, y releamos el texto así modificado:

Te beso mil veces. Mi alma besa la tuya, mi pene, mi corazón están enamorados de ti. Beso tu lindo trasero y toda tu persona.

Hemos modificado sólo dos palabras pero la atmósfera de la antigua y genuina carta se ha esfumado. Ha perdido fuerza, intensidad, y sin duda, también voluptuosidad. Ya no nos perturba ni incomoda de la misma manera. Y obviamente no deja de ser curiosa esta transformación. Las palabras pene y pija como trasero y culo son sinónimos. Se refieren a las mismas partes de nuestra anatomía. No obstante es muy diferente nuestra valoración emocional de los distintos términos. Es más: pija y culo son palabras prohibidas. No pueden ser mencionadas en una conversación respetuosa. Tampoco impunemente reproducidas por los periódicos, la radio o la televisión. Es inimaginable, además, oírlas en labios de una maestra o un profesor en escuelas o colegios. El Código Penal vigila, y la norma pende amenazante, sobre el hombre civilizado. Éste es un hecho que, por supuesto, aumenta nuestra curiosidad. Si se refieren a los mismos aspectos de la realidad, ¿por qué unos términos son prohibidos y otros no? Aunque tal vez sea más exacto preguntar, dada la omnipresencia de la veda sexual, ¿por qué los términos pene y trasero son menos censurados que pija y culo?

De cualquier forma nuestras breves reflexiones nos han deparado un interesante descubrimiento: en nuestra sofisticada cultura contemporánea existen también las palabras prohibidas. Determinados paisajes de la realidad pueden nombrarse con ciertos términos, pero no con otros. Existen, pues, palabras interdictas; sabemos de vocablos condenados. Hemos descubierto así, nada más y nada menos… ¡palabras tabú en nuestro mundo civilizado! Y están al alcance de nuestros ojos y oídos sin necesidad de hacer ningún largo viaje a un país desconocido. ¡Con cuánta razón se ha dicho que lo último que descubriría el habitante del fondo del mar sería el agua! Las palabras existen y las hemos calificado de antiguo en forma harto reveladora. Las llamamos: las «malas» palabras.

CAPÍTULO: La Libertad

Sigo siendo un liberal de viejo cuño.

Sigmund Freud (Carta a Arnold Zweig, 26 de noviembre de 1930)

I

Los juristas gustan de enseñar que el derecho penal ha evolucionado desde las prohibiciones tabú, pasando por las venganzas colectivas como la faida de los antiguos germanos, la ley del talión, «ojo por ojo, diente por diente», la compensación de ofensas mediante un sistema de pagos, hasta llegar, finalmente, a las formas racionales de los códigos civilizados. Para ellos, por lo tanto, el tabú no alimenta ya la vida jurídica, y su estudio corresponde, únicamente, a la historia del derecho.

Esta interpretación del desarrollo del derecho criminal es, sin duda, optimista. Pero también exagerada. Y luego de nuestro estudio, además, insostenible. La condena legal de las «malas» palabras constituye su refutación rigurosa. Es evidente que el pensamiento primitivo está muy arraigado aún en nuestro ser y que «nuestras semejanzas con el salvaje son todavía mucho más numerosas que nuestras diferencias». ¡El tabú sobrevive aún, lozanamente, en el código penal!

Freud lo sabía muy bien:

De todas las creencias erróneas y supersticiosas de la humanidad, que se suponen que han sido superadas, no existe ninguna cuyos residuos no se hallen hoy entre nosotros, en los estratos más bajos de los pueblos civilizados o en las capas superiores de la sociedad culta. Lo que una vez ha llegado a estar vivo se aferra tenazmente a conservar su existencia.

Y el tabú de las palabras es un ejemplo.

Las malas palabras aguardan aún su libertad para ocupar su lugar en el vocabulario legítimo de la vida cotidiana. Y sin malicia. Sólo así perderán su carácter traumático y alucinatorio y recuperarán su inocencia. Y no serán más ni «buenas» ni «malas», sino simplemente palabras. La palabra no tendrá ya entonces magia, porque toda magia es hija del espanto, y se disolverá, además, su grosera naturaleza material para volver a ser sólo el nombre de las cosas.

Las voces obscenas deben disfrutar, pues, de plena libertad en el lenguaje hablado y escrito de colegios y universidades; en la radio, los periódicos y la televisión. Y deben incorporarse, también, a los ascéticos diccionarios de las taciturnas academias del idioma.

Y es que liberando el lenguaje liberamos también el alma. Sólo así podrá el hombre zafarse de la cruel y arcaica coacción psíquica del tabú, recobrar su independencia moral y ampliar con ella, además, su inteligencia.

La condena de las «malas» palabras constituye una reliquia de nuestro pasado ancestral que lleva en sí las huellas de las terribles prohibiciones que le dieron origen. Es, propiamente, una pieza arqueológica en nuestro mundo civilizado. Es necesario, por lo tanto, superar esta inercia moral. Nuestra salud mental y física lo exige. El lenguaje obsceno no debe ser ya más perseguido, atávicamente, por la ley y, por el contrario, debe ser objeto de tutela.

El ser humano tiene derecho a la obscenidad porque tiene derecho a pensar, sentir y expresar francamente sus emociones eróticas; porque tiene derecho a gozar lujuriosamente de la pasión amorosa; porque tiene derecho a su integridad mental y física evocando, fielmente, sus fantasías y recuerdos incestuosos; porque tiene derecho a desarrollar su inteligencia sin censuras…

Los descubrimientos del psicoanálisis no dejan dudas sobre la legitimidad de esta exigencia. Y no admiten tampoco excusas. Y esta pretensión constituye una alta demanda moral, porque en el lenguaje obsceno se revela la esencia misma de nuestro ser, la ipsa hominis essentia. Con él se expresa en su forma más pura y transparente, sin velos y sin pudores, el misterioso y eterno instinto que existe desde el origen de la vida, porque es la vida misma que nos brinda, con el prodigio de los hijos, el don de la inmortalidad, y que hace que el hombre en el éxtasis de su pasión encuentre reposo a su inquietud, se descubra, como nunca, a sí mismo, y reciba en el voluptuoso mensaje de sus entrañas la arrobadora certeza de cumplir con su destino.

 


Por Ariel C. Arango (Psicoanalista y escritor)

Website: www.arielarango.com

¿Qué es el síndrome postvacacional?

Bueno, el llamado síndrome postvacional es en realidad un temblor que acontece siempre en el humano frente a los finales y frente a los comienzos; final que siempre nos recuerda nuestro propio final, nuestra propia mortalidad, algo que si se acepta permite construir, cambiar, acceder con trabajo a todas las posibilidades humanas, escribir, cantar, dibujar; y comienzo porque todo final remite siempre a un comienzo, que abre la puerta de lo desconocido, de la incertidumbre. Antes de cualquier hacer sentimos siempre angustia, por eso que no se trata de acabar con la angustia, algo que además es imposible, sino de aprender a tolerarla, a no quedarnos fijados en ella; la angustia es estructural a todo comienzo, y comenzar es algo que hacemos cada vez, cada día de trabajo es uno nuevo, cada entrevista es una nueva. No existe lo ya hecho, lo ya aprendido, lo ya vivido, cada vez es un salto a lo no sido, un vértigo inicial. La vuelta al trabajo no es en realidad una vuelta sino un comienzo y eso, como estamos viendo, produce siempre un cierto malestar, una angustia; aprender a tolerar esa angustia que todo comienzo implica es seguir caminando, dejar que nuestros pasos nos lleven sin querer saber antes y sin pensar en los resultados.

LA MADRE VOLUPTUOSA


Sólo ella enseña a sus hijos a gozar del amor

Freud dice que existen varones cuya vida amorosa permanece disociada en dos direcciones personificadas por el arte entre el amor divino y el amor terrenal: si aman a una mujer no la desean y si la desean no pueden amarla.

Ellos dividen a la hembra como dividen a su instinto; la que aman es la Madre Virgen, la que desean, la Madre Puta. Ignoran que el macho, únicamente, encuentra el amor genuino en la Madre Voluptuosa ya que sólo en ella se funden, deliciosamente, la voluptuosidad y la ternura.

La Madre Voluptuosa constituye un apasionante racconto de esta disociación emocional en personajes tan ilustres como Platón, San Agustín, Dante, Petrarca, Miguel Ángel, Chateaubriand, Rousseau, Leonardo, Beethoven, Mahler.


Capítulo: Tabú y ambigüedad


¡Pues fuego malo te queme, que tan puta vieja era tu madre como yo!
Fernando de Rojas, La Celestina,  Act. I (1499)

I

Por una calle de Salamanca, de Sevilla o de Toledo camina una vecina de la ciudad. De pronto alguien la ve y grita:

¡puta vieja!

y la mujer, que no sólo es vieja sino además barbuda, sin ningún empacho vuelve la cabeza y responde con alegre cara. Se llama La Celestina, es hechicera, astuta, llena de artimañas y… puta. Del personaje sabemos que nació en 1492 de la pluma de Fernando de Rojas, pero nadie sabe, en cambio, la edad de su profesión, aunque sin duda es un negocio muy antiguo. Aparentemente, el más viejo del mundo. Y la palabra obscena con que se nombre a tan rancias trabajadoras, una de las más populares y prohibidas. Es una «mala» palabra o, lo que es lo mismo, una palabra tabú.

¿Por qué tabú? Porque es un vocablo proscripto, peligroso y turbador, porque la condena recae sobre la palabra per se, en sí misma, más allá de su significado y, sobre todo, porque nadie sabe cuáles son las razones de la prohibición.

En ocasiones, el esfuerzo por evitar pronunciar la palabra tabú lleva a deformarla como sucede con el término pucha y sobre todo en exclamaciones como ¡la pucha! Otras veces se recurre a un vocablo equivalente: prostituta. Es correcto afirmar  que alguien es hijo de una prostituta pero no decir que es un hijo de puta. Se acepta una palabra pero no su sinónimo. Y cuando, a pesar de nuestra infatuación, leemos u oímos esta «mala» palabra en un periódico, en la radio o en la tele­visión, sentimos la misma ansiedad o sorpresa que experimentan los aborígenes de la isla Nias, los tolampos de la isla Célebes o los cafres de Africa del Sur cuando escuchan una palabra sagrada en su tribu. Además, la misma denominación de estas voces prohibidas señala ya la existencia de un tabú. ¿No las llamamos acaso «malas» palabras? Sin embargo es evidente que lo único que puede ser malo es una conducta o una acción pero… ¡nunca una palabra! Hablar de «malas» palabras demuestra hasta qué punto el pensamiento mágico primitivo está infiltrado aún en nuestro lenguaje. Y puta es, precisamente, una de esas voces mágicas.

II

La «mala» palabra puta nos depara, no obstante, otra sorpresa. En muchos idiomas como el antiguo egipcio, el árabe, el sánscrito y el latín un mismo vocablo nombraba ideas opuestas. Una sola y misma palabra tenía un sentido contradictorio; expresaba una cosa y su contrario. Este hecho, propio de las lenguas arcaicas, nos resulta, sin duda, incomprensible. Es como si la palabra luz pudiese significar en Buenos Aires tanto luz como oscuridad o como si el término vino tuviese para los mendocinos tanto el sentido de vino como de agua. Sería absurdo. Y sin embargo…

Lo cierto es que la «mala» palabra puta no sólo constituye una de las más severas ofensas sino que también es… ¡uno de los elogios más rotundos! «¡Andá a la puta que te parió!», es un insulto feroz, pero «¡es un cantante de la gran puta!», es una estupenda alabanza. Es notorio que puta no es únicamente una voz tabú sino también un término contradictorio: significa lo peor y lo mejor. Es éste un hecho extraordinario que si no fue advertido antes es porque estamos sumergidos en él. Estamos tan cerca del fenómeno que no lo podemos percibir; nos falta distancia y, sobre todo, contraste. No obstante, y aunque la neguemos, la realidad existe y nos dice que nuestro moderno lenguaje posee términos no sólo tabú sino también antitéticos. Y como esto constituye un rasgo característico de la mentalidad primitiva, se deduce que en este aspecto somos tan atávicos como nuestro idioma: a pesar de los espectaculares progresos de nuestra civilización el hombre primitivo todavía habita en nosotros.
Pero entonces, ¿por qué el tabú?, ¿de dónde surge el doble sentido de la palabra? Menudo problema. ¡Hijo de puta!

Capítulo: El poder de una sonrisa


Empieza, ¡oh tierno niño!, a conocer a tu madre por su sonrisa: diez meses te llevó en su vientre con grave afán empieza, ¡oh tierno niño!
Virgilio, Églogas, IV,  60-4

Llegamos así al final de nuestro viaje por el mundo de las madres, reales e ilusorias, vírgenes y putas, que iniciamos cuando la «mala» palabra puta despertó nuestra curiosidad por su carácter ambiguo y tabú. Y nuestra interesante excursión ha sido sin duda provechosa, ya que nos ha dejado conocimientos tan sugestivos como útiles.

¿Hacemos un balance del paseo?

I

Puta es una palabra tabú, ya que la interdicción recae sobre la palabra en sí misma más allá de su significado. Y como toda palabra tabú posee, como uno de sus atributos típicos, un fuerte carácter alucinatorio: al escuchar o leer esta «mala» palabra vemos en nuestra imaginación a la hembra libidinosa y promiscua. Su respetable sinónimo, prostituta, carece en cambio de esta estimulante capacidad visual. Puta despierta emociones e imágenes más vívidas; prostituta, sensaciones más frías y opacas. Y esa es la razón que explica que prostituta sea una palabra aceptada en los diarios, la radio o la televisión, pero que, por el contrario, no lo sea puta a pesar de significar exactamente lo mismo. De lo que se deduce que lo que realmente quiere el tabú es evitar la aparición de sentimientos de calentura, por lo que prohíbe los conmovedores vocablos obscenos que, como puta, concha, pija, coger o chupar la pija, los provocan, pero acepta, en su lugar, los anestesiados términos científicos que, como prostituta, vagina, pene, coito o fellatio, los desalientan. Por lo que resulta que la moraleja que espontáneamente se impone a nuestro espíritu es la de que nuestra sociedad acepta la sexualidad en público siempre y cuando sea frígida…

II

En la frase obscena hijo de puta, la madre, el hijo y la concupiscencia se mezclan del modo más inquietante. Y esta connotación incestuosa es precisamente la que constituye, como lo he señalado en Las malas palabras (1983), la fuente y el origen de todas las palabras obscenas. Freud, en su magistral ensayo Tótem y tabú (1913) mostró que el horror al incesto era la causa del tabú de las palabras en los pueblos primitivos, pero olvidó aplicar el mismo criterio a los términos proscriptos más conocidos por él y con los que convivía a diario: ¡las «malas» palabras de la ciudad de Viena! Las «malas» palabras son las palabras tabú de nuestro mundo civilizado, y puta, una de las más conspicuas.

III

La palabra puta, además, como muchas voces de las lenguas primitivas, es antitética: significa tanto mujer mala como buena. La contradicción es un resultado de los sentimientos de calentura que despierta en el hijo la madre voluptuosa, ya que a veces los acepta y entonces la madre puta, la muchacha provocativa y sensual, se presenta como algo hermoso, y a veces los rechaza y entonces la madre puta se transforma en algo abyecto que es necesario apartar de la mente y sustituir por la madre virgen. Esta ambigüedad hacia la sexualidad de la madre se manifiesta asimismo en cualquier otra «mala» palabra que remita a su cuerpo, como sucede, por ejemplo, con «andá a la concha de tu madre». Lanzada habitualmente como insulto, la frase procaz enmascara en el fondo un gesto cordial, ya que ese es el lugar a donde todo hombre… ¡quiere retornar desde el momento mismo de nacer!

Y no sólo tienen doble sentido las palabras obscenas que se refieren directamente a la madre, sino también, por desplazamiento, todos los vocablos que de un modo u otro aluden a ella: en inglés la palabra lady, señora, que originariamente expresaba un grado semejante al de lord, señor, y que en algunos casos sirvió para designar a mujeres de más alto rango aún, tanto que la reina de Inglaterra era más a menudo conocida como Lady que como Queen, es también utilizada para hablar de una puta de gran clase; en lady of pleasure, señora de placer, es empleada para referirse a una puta común, y en perfect lady, perfecta señora, una expresión slang, se la aplica para mencionar a una puta ruidosa. Y en alemán la palabra Frau, mujer, en su comienzo un honorable término derivado del nórdico Freyja, diosa, concluyó siendo utilizado en palabras como Frauenhaus, que significa burdel; e igualmente la voz Dirne, que durante un tiempo significó virgen y que era especialmente aplicada para nombrar a la virgen María, tiene ahora el sentido de mujer disoluta o puta.
Y lo mismo acontece en los idiomas romances. En italiano la voz donna, mujer, que parece en el término madonna, virgen María, aparece también en los vocablos donnacia, mujer impúdica, y donnâcchera, mujer vulgar, y en francés la palabra dame, señora, es usada tanto para referirse a la virgen María como lo atesti­gua la catedral de Nôtre Dame, como para indicar a las damas en las puertas de los toilettes, el lugar donde deben ir… ¡a cagar y a mear!

La madre voluptuosa, con los contradictorios sentimientos que suscita, ha sido siempre en el lenguaje una fuente permanente de ambigüedad.

IV

Ahora bien, ¿por qué hijo y no hija de puta? ¡Hija de puta!, es una afirmación que también se emplea, pero en forma mucho más restringida y más bien como una extensión automática de la frase dirigida al hijo. Y esto se explica igualmente por las sugerencias incestuosas de la expresión. La relación amorosa del hijo con la madre es tan dominante como definitiva en la vida sexual del varón, ya que ella será el modelo inconsciente de las mujeres que elegirá en su vida. En la mujer, en cambio, el vínculo erótico con la madre es sólo un momento preliminar al desplazamiento de sus sentimientos hacia el padre, de donde, a su vez, pasarán al hombre que amará después. Por eso el genio del lenguaje ha elegido al hijo y no a la hija para unirlo con la madre puta, ya que es entre ellos donde brota la más grande passióne y, por lo tanto, también los sentimientos más contrapuestos. Y esta característica de la vida amorosa de la hembra tal vez explique además el hecho, ya advertido por Freud, de que ella no disocia comúnmente el deseo de la ternura como lo hace el varón, sino que su vida emotiva es mucho más simple: o se entrega plenamente y entonces goza sin retaceos o no se da en absoluto y entonces permanece frígida.Su amor no sólo es más franco sino también más rotundo.

V

La madre puta asegura una saludable vida amorosa a sus hijos. Y la razón es fácilmente comprensible: «Si a mamá, que es buena y cariñosa, le gusta coger, entonces también puede hacerlo la mujer que quiero», es lo que piensa su hijo, y lo que por su lado razona su hija: «Si mamá es tan hembra, ¿por qué no he de serlo también yo?». Como los padres son un ejemplo en todo, la madre voluptuosa no sólo enseña sino que, además, autoriza. Cuanto más puta sea la madre mejor elegirá su hijo a la mujer que, inconscientemente, busque a su imagen, y en su alma el deseo y la ternura nunca serán ajenos. Por eso no es extraño que la frase obscena hijo de puta muy a menudo, lejos de ser lanzada como una afrenta, lo sea como un cumplido. Esa es la lección que Sancho Panza, campechano y rico en sabiduría popular, le dio al caballero del Bosque cuando éste lo convidó con su bota, El Quijote de la Mancha, II, XIII:

Y diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola puesta a la boca, estuvo mirando a las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro, dijo: —¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico! —¿Véis ahí —dijo el del Bosque oyendo el hideputa de Sancho— como habéis alabado este vino llamándole hideputa? —Digo —respondió Sancho— que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento alabarle.

Cuando se intenta agraviar con la exclamación, «¡andá a la puta madre que te parió!», se evidencia que el que insulta rinde culto a la ilusoria madre virgen pero cuando se busca exaltar con expresiones como «¡hijo de puta, cómo juega!», con que se festeja al deportista exitoso, o «¡hijo de puta, qué minas tiene!», con que se ensalza al varón conquistador, se muestra que el que elogia brinda homenaje a la voluptuosidad de la madre. Es como si dijera: «¡Qué buena hembra debe haber sido la madre para que el hijo sea tan capaz!».
La madre real, no podría ser de otra manera, es puta, y la buena madre también. Sancho tenía razón en alabarla.

VI

Una de las madres alegra y la otra entristece.

La madre virgen es triste. ¿No es acaso tristeza lo que experimentamos al contemplarla en una pintura o escultura con la suave melancolía de su rostro y el austero paño que cubre su cabeza? Y es que la falta de goce carnal deprime a la madre… ¡y también al hijo!, porque la tristeza es un mal contagioso. Es el precio del instinto cautivo.
La madre puta, en cambio, es alegre, como lo es toda hembra satisfecha. Y su alegría la derrama en el hijo. Como ella coge, sonríe, y su sonrisa, que ilumina el rostro del pequeño, tiene un poder inmenso. Il balen del suo sorriso, el relámpago de su sonrisa, no sólo lo estimula, sino que además le promete la dicha porque el niño que conoce a su madre por su sonrisa, como bien lo sabía el poeta latino Virgilio (70 a.C.-19 a.C.), encontrará el camino a la mesa de los dioses y al lecho de las diosas, las fuentes más ricas del placer. Tan grande es el don que, con su sonrisa, otorga a su hijo la madre voluptuosa. Si la madre le sonríe, la vida le sonreirá también.



Por Ariel C. Arango (Psicoanalista y escritor)
Website: www.arielarango.com


“La hipótesis acerca de la sexualidad infantil es falsa: el centro del sexo es el hipotálamo y en los niños no está aún completamente desarrollado.”

MARIO BUNGE, Crisis y reconstrucción de la filosofía

Actualmente, con los discursos sucede lo mismo que con las guerras de la antigüedad: gana el que dispara más proyectiles. Por vía de la difusión constante y sobreabundante, el discurso más verosímil, claro y difundido será el ganador a la hora de su contribución en la percepción del sujeto sobre la procedencia biológica o psíquica de su síntoma. Es principalmente por este punto, referido a la atribución de causalidad, que la mayoría de las personas ya no están tan predispuestas a ver enigmas profundos en sus padeceres, sino sólo alteraciones químicas, disfunciones o enfermedades heredadas genéticamente. Con semejante visión, es improbable que tales pacientes demanden análisis. Y esto, en buena parte, es una conquista de los cientificistas: la han obtenido mediante la difusión clara y dirigida al gran público de los conocimientos científicos –contrariamente al desaprovechamiento que hacen los psicoanalistas a la hora de utilizar los medios de comunicación, al publicar artículos herméticos en lugar de otros de divulgación masiva–. Según algunas investigaciones, desde hace bastante tiempo las multinacionales de la farmacología vienen incrementando notablemente sus presupuestos en marketing, incluso muy por encima del aumento relativo destinado a investigación. Primero difunden el conocimiento, después promocionan el remedio, al tiempo que se fomentan la demanda y el consumo; por último, las leyes del mercado completan el trabajo. Tal vez deberíamos aprender de ellos algunas lecciones de psicología aplicada…

 

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