Pensar que aquello que nos sucede tiene que ver nosotros puede parecer una obviedad y sin embargo, es habitual que los acontecimientos más importantes de la vida, se tienda  a asociarlos con algo debido al azar o sobre todo a la intervención de los otros. Reconocer en qué nos equivocamos es tal vez lo más ciego del sujeto y el mayor impedimento para aprender. No sólo la percepción del mundo exterior es engañosa y nos parece ver la tierra como algo estático, cuando en realidad se mueve a una velocidad de vértigo por el espacio, sino que también  nuestra visión de aquello que nos sucede sufre esa distorsión de la consciencia. Uno puede estar haciendo las cosas bien y sin embargo no tener registro de esos éxitos y percibirse como un fracasado, o por el contrario pensar que está cuidando a los otros cuando su forma amar maltrata-

Poder escuchar otras frases diferentes al discurso estatal o a la ideología familiar permite otra vida. Según las palabras que nos rodeen así viviremos. Si pienso que la sabiduría es un don de la diosa Minerva, nunca abriré libro alguno.

En el humano nada nace hecho sino que debe conquistarse con la constancia del trabajo y entre otros. Esta necesidad de otro semejante es algo que se tolera mal. No sólo los niños tienen y muestran esta tendencia al “lo hago solo” sino que permanece en el adulto. Así, e ocasiones uno puede llegar a decir que es autodidacta y aprendió cierta destreza solo, sin mencionar los libros que leyó o las frases que algún profesor le regaló. Nos cuesta reconocer que sin la ayuda de otros el ser humano ni siquiera es capaz de sobrevivir, dada su indefensión al nacer. Esta resistencia es aún más acentuada cuando se trata de los estados del alma, por ejemplo en ocasiones los padres se desesperan porque piensan que tienen que educar a sus hijos solos sin la ayuda de otras funciones. Un padre que se analiza mejora la vida de su hijo porque permite que este crezca en un ambiente donde los progenitores comprenden sus propios procesos psíquicos y no repiten su propia historia educativa. Muchas veces se tiende, de manera inconsciente, a dar a los hijos todo aquello que uno hecho de menos en su propia infancia sin escuchar qué quieren ellos.

Acudir a terapia implica hacerse ciudadano del siglo XXI y utilizar los descubrimientos de la ciencia para mejorar la propia vida. No hay un buen o mal momento para comenzar sino un comienzo. Cuando uno es capaz de pedir cita y acordar un horario puede algo más en lo social porque algún acuerdo ya pudo.

No se puede convencer a nadie de nada e incluso la insistencia produce precisamente un efecto contrario de rechazo. Por eso, cuando un familiar tiene dificultades y se niega a la intervención de un profesional, la mejor manera de ayudarlo es que uno mismo pueda desplegar su experiencia en análisis y acuda a consulta.

Vivir es una construcción posible, cuyos efectos dependen de las herramientas que utilicemos. La terapia psicoanalítica permite leer cómo deseamos, nos hace sujetos de nuestro propio deseo, algo que siempre entraña cierta dificultad, como nos muestran multitud de actos cotidianos; quiero aprender inglés pero no encuentro nunca tiempo para estudiar, quiero ir al dentista pero no me viene bien ninguno de sus horarios. A pesar de que nos pueda resultar sorprendente, no siempre el humano quiere una vida mejor y prefiere quejarse de que no se le dan bien los idiomas o abandonarse en el dolor.

El sujeto es responsable de su propia vida y este poder lo puede utilizar a favor suyo o en su contra, algo que resulta complejo de saber si no se está en análisis. El primer paso para poder cambiar la realidad es tenerla en cuenta. Solo se puede poco; el amor, la pintura, el dinero, la salud son posibles cuando se accede a un mundo con otros.


 
 
Autora: Ángela Gallego (Psicóloga-Psicoanalista)
 

↓↓↓↓↓Descargar↓↓↓↓↓