Recientemente, un estudio publicado en la revista European Journal of Health Economics, elaborado por un grupo de investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha y del Servicio Canario de Salud, concluye que los trastornos mentales suponen la segunda causa de baja laboral en España y el tercer grupo de enfermedades que genera más gasto al sistema sanitario público.

 

En el ámbito de la docencia, la incidencia de  las bajas laborales por trastornos mentales es bastante alta. De hecho, hace un año podíamos leer en una noticia que, según la Federación de Enseñanza de CSI-CSIF, una de las principales causas que provoca los trastornos psicológicos que afectan a los profesores, como la ansiedad, el estrés y la depresión, es la presión a la que están sometidos los docentes en centros escolares donde se producen conflictos.

En ocasiones, con algunos alumnos conflictivos, los profesores pueden utilizar ciertas estrategias psicológicas que permitan solucionar los conflictos que surjan en el aula. En relación con este tema, Porro (1999) señala que los alumnos no son los únicos que tienen problemas en una clase, cuando las necesidades del profesor chocan con las de un alumno, el conflicto resultante altera la tarea docente del profesor y, a menudo, interfiere en el aprendizaje de los demás. Por ello, recomienda los siguientes pasos para resolver conflictos con los alumnos:

1- Hacer un alto. Recobrar la calma. Decidir cómo manejar la situación.

Cuando se tiene un conflicto con algún alumno, hay que decidir primero cómo se quiere manejar la situación. La estrategia de “hablar hasta entenderse” es una buena manera de resolver los problemas con los alumnos, pero no todos los problemas son negociables. Cuando los alumnos no observan una conducta apropiada, se debe intervenir y poner límites firmes.

Si, en cambio, el problema es recurrente, vale la pena intentar el método de la resolución de conflictos. Aunque determinado problema no sea negociable, la conducta que lo provoca puede modificarse tomando en cuenta las necesidades y los sentimientos del alumno a efectos de acordar un nuevo plan. Cuando se escucha con respeto a los alumnos y se les brinda una verdadera oportunidad de decidir qué hacer, tienen menos tendencia a adoptar actitudes negativas.

Hay que recobrar la calma antes de dar inicio al proceso. Demostrar enojo puede tener el efecto de aumentar la hostilidad del alumno y reforzar su mala conducta. Desahogar los sentimientos en privado. Dejar pasar cierto tiempo. Fijar una fecha para hablar hasta entenderse más adelante, cuando se esté en condiciones de hablar con respeto y pensar en forma razonable.

2- Hablar y escucharse uno al otro.

Profesor y alumno tienen la oportunidad de hablar francamente sobre el conflicto y de ser escuchados por el otro. Este intercambio de información sirve para definir el problema y aclararlo desde los dos puntos de vista. Para abrir los canales de comunicación hay que tener presentes las siguientes sugerencias:

- Crear las condiciones necesarias para comunicarse con respeto. Muchos alumnos dan por sentado que serán objeto de alguna sanción cuando hablan con un profesor enojado. Cierran los oídos y, automáticamente, levantan sus defensas. Se debe comenzar por hacerlos sentirse cómodos. Hay que hacerles saber que se quiere resolver el problema de un modo satisfactorio para ambos, y que para ello se necesita su ayuda.

El tono de voz y el lenguaje corporal transmiten las intenciones del profesor aun más claramente que sus palabras. Una actitud relajada pero atenta, junto con un tono de voz firme y afable, les hace saber a los alumnos que, aunque el problema es serio, el profesor les aprecia y confía en que podrán encontrar una solución mutuamente satisfactoria. Cuando el profesor trata con respeto a los alumnos, es más probable que ellos lo traten respetuosamente a él.

- No emitir juicios. Cuando uno está enojado, siente la tentación de dar sermones y atribuir culpas. Esto hace que el alumno se ponga a la defensiva y, si está ocupado en defenderse, no podrá escuchar atentamente.
El mensaje en primera persona es el medio más eficaz de describir el problema y expresar sentimientos intensos sin criticar ni culpar al alumno:

  • “Yo me siento (sentimiento) cuando tú (conducta específica) porque (cómo le afecta a quien habla).”
  • “Cuando tú (conducta específica), es un problema porque (cómo le afecta a quien habla).”

Esto sirve para transmitirle respeto al alumno y, al mismo tiempo, para definir con claridad el problema, ya que se utilizan términos específicos y objetivos. Cuanto más neutral es el lenguaje utilizado, más probable es que el alumno capte el mensaje.

El mensaje en primera persona también está exento de cualquier juicio negativo en otro sentido importante. La conducta del alumno no es buena ni mala en sí misma: simplemente interfiere con la necesidad del profesor de mantener la concentración en la clase. El profesor asume la responsabilidad de tener el problema, en lugar de culpar al alumno, quien realiza dicha conducta para satisfacer sus propias necesidades.

El profesor debe seleccionar con cuidado las palabras antes de tomar su turno para hablar. Debe reflexionar de antemano sobre la situación y pensar en una forma de describir el problema que no implique una acusación ni una crítica. Demostrarle esta clase de respeto al alumno, le ayudará a entender el mensaje y a entablar con el profesor una relación de mutua confianza. Si el alumno siente que el profesor le atiende y le aprecia, sobre todo en momentos conflictivos, tenderá a ponerse de su lado en el futuro.

- Escuchar para comprender. Hay que escuchar al alumno con la firme intención de comprender el problema desde su punto de vista. Esto puede resultar difícil. Los profesores están tan acostumbrados a dar consejos y sermones, que normalmente sólo escuchan a los alumnos con el propósito de corregirlos. Tal vez parezca poco natural, y hasta erróneo, reconocer el punto de vista de un alumno cuando se desaprueba lo que dice. Se debe recordar que escuchar no implica estar de acuerdo ni aprobar. Asentir mientras el alumno habla no significa decirle: “Tienes razón y yo estoy equivocado”. Lo que quiere decir es que: “Entiendo tu punto de vista”. La perspectiva del alumno, aunque difiera de la del profesor, es igualmente válida.

Cuando el profesor tenga claro lo que está diciendo el alumno, debe hacerle saber que lo entiende. Para ello debe repetir o parafrasear los principales pensamientos o sentimientos del alumno. Esto le demostrará al alumno que el profesor le acepta y que tiene la firme intención de comprenderle cabalmente. También le da al alumno la oportunidad de profundizar su comprensión y de corregir cualquier error de interpretación. El profesor debe tomar notas mientras le escucha. Esto le permitirá tener un registro de las inquietudes del alumno y mantenerse concentrado en escuchar. Si está ocupado tomando notas, tendrá menos propensión a interrumpir al alumno.

3- Plantear el problema en función de las necesidades.

En situaciones conflictivas, el profesor y el alumno parecen tener necesidades mutuamente excluyentes y diferencias irreconciliables. Sin embargo, detrás de esas posiciones aparentemente irreconciliables hay necesidades o intereses más profundos que pueden ser satisfechos. Cuando se exploran los intereses más profundos, en lugar de quedarse discutiendo sobre las posiciones, se comprueba que existen soluciones aceptables para ambos.

A menudo hay que hacer una investigación detectivesca para encontrar las necesidades que motivan a ambas partes a adoptar determinada posición. “¿Por qué se hizo eso? ¿Qué se quería lograr?” Estas son preguntas útiles que se deben hacer, aunque los alumnos no suelen tener conciencia de las necesidades insatisfechas que motivan su conducta. No obstante, en ocasiones se pueden adivinar, puesto que frecuentemente suelen ir dirigidas a llamar la atención.

Además de ocuparse de las necesidades explícitas que se ponen de manifiesto en las situaciones conflictivas, los profesores deben esforzarse por ayudar a los alumnos a conectarse, unos con otros, de una manera significativa.

4- Proponer soluciones (torbellino de ideas).

El profesor invita al alumno a que piense, junto con él, en las posibles maneras de resolver el problema. Esta invitación a colaborar no esconde ningún resultado preestablecido. No se le pide al alumno que adivine la respuesta “correcta” que ya conoce el profesor, ni éste intenta imponer subrepticiamente la solución que quiere. El profesor le pide honestamente al alumno que proponga soluciones satisfactorias para ambos.

Hay que proponer la mayor cantidad de ideas, con la mayor rapidez posible y sin hacer comentarios.

Cuantas más ideas se propongan, más probabilidades habrá de encontrar una que satisfaga a las dos partes. El profesor debe anotar todas las ideas, por absurdas que parezcan. Las propuestas absurdas a veces conducen, más adelante, a una idea práctica. No hay que hacer críticas ni evaluaciones hasta el paso siguiente, para no interrumpir el flujo creativo de ideas.

El profesor debe proponer soluciones junto con el alumno, pero teniendo cuidado de no dominar el torbellino de ideas. Conviene que comience por una idea absurda para distender las cosas. No debe apresurar el proceso. Debe darle al alumno tiempo para pensar. Si el alumno objeta una idea propuesta por el profesor, éste debe tomar esa objeción como base de una nueva idea.

Aun cuando el profesor se muestre alentador y comprensivo, algunos alumnos tienen pocas ideas que ofrecer. Proponer soluciones a los problemas sociales es una experiencia nueva para muchos. Afortunadamente, al igual que cualquier otra destreza, el torbellino de ideas va mejorando con la práctica.

Cuando algún alumno se niega a cooperar, hay que hacerle saber que lo que se pretende es encontrar una solución satisfactoria para ambos, pero que tendrá que atenerse a las ideas del profesor si él no se presta a participar.

5- Elegir la idea (o las ideas) que le guste a ambos.

El profesor lee la lista de ideas y pregunta: “¿Qué nos parecen estas soluciones?” Anotando las respuestas que se vayan dando. Las “caras expresivas” sirven para evaluar las ideas de un modo concreto y para hacerle ver al alumno que sus opiniones son tomadas en cuenta. Una cara sonriente significa: “Me gusta esta idea”. Un ceño fruncido significa: “Esta idea no me gusta”. Una cara seria significa: “Esta idea podría ser buena”.

Si varias ideas reciben dos caras sonrientes por respuesta, el profesor tendrá que decidir cuál habrá de incorporar a su plan. Cuando ninguna idea cuenta con la aprobación de ambos, se debe considerar la siguiente mejor opción (que normalmente será una idea que haya recibido una cara sonriente y otra seria) y preguntar al alumno cómo podría modificarse esa solución para que resulte más aceptable. Cuando todas las ideas se han evaluado y al menos una de ellas es aceptable para ambos, se prosigue con el siguiente paso.

6- Hacer un plan, establecer una consecuencia y ponerlo en práctica.

Después de haber invertido tanto tiempo y esfuerzo en elaborar soluciones, el profesor querrá asegurarse de que sus ideas realmente sirvan para resolver el problema. Elegir una buena idea no basta para lograr un cambio positivo. Hay que ponerla en práctica; y eso requiere un plan.

Cuanto más específico y concreto sea el plan, tanto mayores serán sus probabilidades de éxito.

Las siguientes preguntas sirven para asegurar los detalles de un buen plan de acción:

  • ¿Qué ideas se incluirán en el plan?
  • ¿Cómo se implementarán esas ideas?
  • ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién?
  • ¿Qué podría salir mal?
  • ¿Cómo asegurarse de que la idea dé resultado?

Hasta el mejor de los planes puede fracasar por causa de circunstancias imprevistas. Se debe fijar una fecha para evaluar los resultados más adelante, así no se tendrá que proseguir con un plan inservible, ni arriesgarse a que el problema reaparezca.

¿Qué pasa si el alumno no se atiene al plan? Los alumnos que no cumplen lo que acuerdan hacen saber que no están listos para asumir esa responsabilidad. Tal vez sea necesario fijar un plan alternativo, o establecer alguna consecuencia que impida la conducta inapropiada y ayude al alumno a hacer un cambio positivo.

Se debe preguntar de antemano al alumno qué piensa que debería suceder si el acuerdo se rompe y el problema vuelve a aparecer. Los alumnos son quienes mejor saben qué medidas son útiles para ellos, y si contribuyen a determinar las consecuencias, estarán mejor predispuestos a cooperar. O bien, simplemente se le puede decir al alumno lo que sucederá si el plan inicial fracasa.

Al igual que toda solución ganadora, el plan eventual debe resolver el problema del profesor de una manera que también sea justa para el alumno.

Hay que recordar, también, que el propósito de cualquier intervención es no sólo frenar la conducta problemática en el momento, sino también ayudar al alumno a elegir otra conducta más apropiada en el futuro.

Referencia:

Porro, B. (1999). La resolución de conflictos en el aula. Buenos Aires: Paidós.


 

Extraído de: http://medicablogs.diariomedico.com/reflepsiones/2010/03/05/como-resolver-conflictos-con-los-alumnos/

Autor: Luis Aparicio Sanz

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